IV. ¡AYERES! EL AJUAR

Diaros de Ayer y Hoy

Madre ha tenido siempre debilidad por la ropa blanca. Sabanas, manteles, toallas…, todo lo prefiere blanco, aunque obviamente ha lidiado con otros muchos colores a lo largo de su vida.

ANCIANA BOCETO PRADIT

Mientras dobla la ropa que he recogido seca del tendedero, la veo estirar los calcetines de hacer deporte de mi hijo Manuel y protestar porque no han quedado todo lo blancos que debieran.

-No te preocupes por eso -le digo con desenfado- son los que utiliza para entrenar y ya nunca volverán a ser blancos, porque al césped artificial del campo, le echan un producto para mantenerlo que parece goma y que lo deja todo teñido de negruzco.

El comentario me trae a la cabeza que se enfadaban ella y la abuela Luisa, cuando dejábamos manchadas las toallas blancas del baño. ¡Se lo digo así, sin más!

toallas blancas

-Es verdad – dice y añade con cierto retintín: – ¡Y te quejas de mala memoria!  Lo que pasaba -continúa- es que nos esforzábamos mucho para hacerlas ¡porque entonces se compraba el retal de tela y se hacía todo a mano, eh! -Añade poniendo mucho énfasis en la frase- Y las toallas aquellas tan finas y bonitas, sucias de vuestras manitas ……sí que daba un poco de rabia, pero claro, era culpa nuestra por ponerlas “al estricote” *

Hago un gesto al oír la expresión, tan popular en su terruño como anómala en el nuestro. Me sonrío y la miro, pero no dice nada.

– ¿Y cómo las hacíais, yaya? -Pregunta Minerva, que está ayudando a doblar la ropa limpia.

-Pues se compraba el retal -dice madre animándose enseguida a contarle el detalle- Antes teníamos que cortar nosotras el rectángulo para darle la medida que queríamos, después ya vendían los trozos cortados. Lo primero era “echar a mano” el dobladillo, que se hacía con punto escondido.

– ¿Cómo es el punto escondido? – interroga Minerva mientras le da vuelta a la ropa interior.

Es uno que no se ve para que no quede feo -dice ella y se extiende en la explicación:

Se hacía una doblez en el borde de la tela, se levantaba un poco y, desde la parte de dentro se iba enganchando un puntito de abajo y otro de lo doblado. La tela quedaba unida y el punto oculto. Después hacíamos a mano el dibujo que queríamos; unas veces eran flores, otras las iniciales del nombre y los apellidos, otras, dibujos de cenefas…. A mí me gustaban mucho la tela de lino y algodón para el verano, porque eran muy frescas. Las hacíamos con calados de vainica y deshilado en los lados más cortos, otras veces con puntillas y borlas….

Se queda pensativa unos segundos y como si fuera una niña con juguete nuevo dice con los ojos brillantes:

– ¡Ay que bonitas las que llevé cuando me casé! – Las hicieron mi madre y mi tía Hermenegilda, con una tela de crep que compraron en Plasencia. Llevaba una vainica finita en los bordes e iban rematadas con ganchillo y unas borlas en hilo de color crudo. Eran preciosas y me duraron muchos, pero muchos años ¡bueno, es que aún tengo en mi casa la pequeña del juego, fíjate! Las otras dos se fueron deteriorando del uso, pero el ganchillo y las borlas las guardé y se las puse luego a los juegos de ajuar que llevaron mamá y tata cuando se casaron– dice refiriéndose a mi hermana a mí.

ganchillo

-Las toallas ya no las tengo – aclaro yo- pero las borlas están guardadas esperando lucirse en otro ajuar – digo intencionadamente mirando a mi hija, que me mira y dice con media sonrisa en los labios:

-Pues me hará mucha ilusión tenerlo.

Durante un momento nos quedamos las tres calladas, dándole vueltas a la conversación mientras continuamos doblando ropa.

-Mira- dice madre mientras toma del cesto de la ropa una toalla de lavabo que acabo de recoger de las cuerdas- estas son muy prácticas y secan muy bien, pero no son tan bonitas.

-También son monas-dice Minerva acariciando el dibujo de ondas que lleva impreso en la propia felpa.

Las tres callamos y en un momento, madre vuelve a sus recuerdos:

-Cuando cosíamos las toallas de felpa, había que sobrehilar primero los lados para que no se saliera la fibra. Luego cerrábamos con punto “escapulario” bien apretado para que no se escapara. Yo bordé unas de color azul con estrellas de mar hechas a punto de ganchillo fino, en color marrón. Por debajo le pegué unas ondas en tono blanco que simulaba las olas del mar. ¡Quedaron preciosas!

-Recuerdo esas toallas -indico- había dos grandes para usar en la bañera y tres pequeñas de lavabo, una para cada uno de nosotros, porque José – es mi hermano menor- era un bebé aún -digo, sorprendida de recordarlo y continúo: -Cuando éramos pequeños y volvíamos a casa del colegio o de jugar en la calle, nuestras manos acababan ensuciando las toallas blancas. Aún recuerdo a la abuela Luisa diciéndote que tenías que poner toallas con colores “más sufridos” -digo a madre.

Haciendo un mohín dice con el ceño remangado:

– ¡Es que daba pena no usarlas y ensuciarlas! -dice algo imprecisa y luego añade: – Pero ¿cómo te acuerdas de esas cosas?

-Qué se yo- le digo- porque hay momentos que se quedan grabados en la memoria para siempre y ese fue uno de ellos. Pero no le digo que, si más recuerdo ese día, es porque alguien llegó a informar a la abuela Luisa de que su hermana Guadalupe había fallecido. Tengo el recuerdo bien nítido en la memoria y aún puedo verlas a madre y a ella llorando en la cocina de casa.

Rompo mi propio momento de sombras diciéndole:

-También me acuerdo de que aprovechabais las toallas de felpa más usadas para hacer trapos de cocina ¡Y de cuando te compraste la máquina de coser! Fue en aquella tienda que se llamaba “El buen pespunte”. Me acuerdo del costurero con patas y armazón de madera y mimbre, forrado en la tapa con tela de flores rojas y verdes, donde se clavaban las agujas y los alfileres; y del botijo de barro con su base de ganchillo. ¡Y de la cesta de mimbre, que ahora tengo aquí en casa, donde guardabais las agujas de tejer lana, que siempre asomaban por un lado y, los pliegos de papel con los dibujos para bordar por el otro! Os recuerdo a las dos sentadas en las sillas bajas de anea del cuarto de estar, con la radio puesta y alguna radionovela de aquellas tan frecuentes entonces, sonando de fondo.

costurero con patas

Madre me está mirando todo el tiempo con los ojos húmedos y a mí se me enternece el corazón de verla y evito su mirada.  “La niña” nos mira a ambas con sus ojos obscuros agrandados, seguramente esperando que, en cualquier momento, las lágrimas hagan acto de presencia.

-Pero si eras muy pequeña -consigue decir con un nudo en la garganta- ¿Cómo recuerdas esas cosas?

Me encojo de hombros.

– También os recuerdo a yayo y a tí las noches de los sábados, cuando os preparabais para ir al cine o al baile. Te veo a tí como si fuera ahora, dándote unos toquecitos de color en los labios, ordenándote el pelo rizado por “la permanente” que te hacían aquellas hermanas peluqueras de la calle San Francisco; poniéndote tu ropa favorita y adornándote con los pendientes y el collar de perlas, siempre reservado en su caja de terciopelo negro para esos momentos….

cofre perlas

Pero lo que más veces me viene a la memoria es la ropa blanca de cama, ese momento en el que nos mandabais a dormir con un cuento entre las manos, el instante en el que abuela iba a “abrirnos las camas” y, al retirar la colcha y hacer el embozo con las sábanas, brotaba ese olor al jabón de lavanda que tenías siempre metido en los cajones.

Los ojos de madre son ahora dos luceros resplandecientes que, aun empequeñecidos por los años, siguen siendo hermosos.

-Es verdad -dice- siempre me ha gustado ese olor. Compraba las pastillas de jabón casero, hecho con mezcla de lavanda, limón y espliego en la tienda del señor Tomás. A él se lo traían de algún sitio preciso, no recuerdo de dónde, pero el olor duraba mucho más que con las pastillas industriales. ¡Sobre todo en el arcón de la ropa, donde guardaba las sábanas y las toallas!

sàbanas blancas

El arcón del que habla aún sigue en su casa y cuando voy por allí y lo abro, me viene a la memoria ese aroma. De aquel arcón forrado con papel floreado salieron los ajuares, mío y de mis hermanos- Carlo, Prado y José- Allí estuvieron esperando pacientes los juegos de toallas con las borlas, las mantelerías de hilo con las puntillas hechas a mano por mamá y la abuela Luisa, los juegos de sábanas de algodón con bordados y calados; los camisones con el canesú de ganchillo…… Tantos y tan añejos recuerdos que nos trasladan en un momento hasta formas de vida, que fueron en esencia la savia de nuestros ancestros. Costumbres que nos parecen lejanas y que van desapareciendo con nuestros mayores, pero que nos descubren tradiciones que han sido y aún son, elementales en nuestras existencias.

ajuar

La palabra “ajuar” apenas se usa en nuestros días sino porque ha quedado relegada al libro del Derecho de familia y yace entre las normativas de derecho legal. Pero la usanza antigua de entregar el ajuar a la novia, hoy es solo un acto que tiene más de simbólico que de tradición, a pesar de ser algo tan significativo y con tanta historia y, que por desgracia ha pasado desapercibido como la labor social que fue, ya que agujas y el dedales son una insignia del arduo y callado trabajo que durante tanto tiempo han realizado las mujeres,  no importa de qué cultura, raza o religión, porque durante muchas generaciones las mujeres dedicaron  -y aún dedican- muchas horas de trabajo, esfuerzo y cariño.

Madre, envuelta de nuevo en sus recuerdos, le echa un vistazo a la fotografía del día de su boda, que ahora asoma como fondo de pantalla en su teléfono móvil.

Ahí están ambos. Padre joven y feliz ¡tan guapo! Madre, sonriente y preciosa, con sus hermosos ojos brillando como luceros por los nervios del momento y el ramo de azahar surgiendo de entre sus dedos, como símbolo de pureza y amor eterno.

No dice nada, solo mira, fija e intensamente, con los ojos empañados en lágrimas y la cabeza preñada de recuerdos. “Los niños”, sus amados nietos, se le acercan y, mientras una le toma la mano, el otro le pasa un brazo por los hombros. Ella, aun con los ojos anegados, sonríe, porque sabe que nunca estará sola.

M.L. Ventura. Marisa con M de Mujer.

unión familia

En honor a nuestros mayores, los que siguen aquí y los que ya se han ido; unos cumplido ya su viaje por el mundo y otros, perdidos entre la inmensidad de su soledad y las inmerecidas desatenciones con las que nuestra moderna civilización les ha obsequiado.

¡Maldito premio a cambio de su lucha constante, por pretender dejarnos un mundo mejor!

cenefa pajaros flores

Diarios de Ayer y Hoy es un homenaje a nuestros mayores personificados en la figura de Amelia, madre de M.L. Ventura y Manuel, padre de Elisa Bueno. Autora de los dibujos de toda esta sección y también, hija de Amelia, es Prado Ventura. Los publicados hasta ahora en: La Galería de Pradit.

Esperamos que, nuestras historias, os lleguen al corazón.

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La receta que acompaña a esta historia: TIRAMISÚ DE MELOCOTÓN

tiramisú de melocotón

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