El destino, caprichoso, le concedió al fin un asiento. Cuando Manuel subió, el autobús era una lata de sardinas. Él, un hombre grande y de humor agrio, se quedó encajado entre mochilas, clavando la mirada en los viajeros sentados como quien acecha una presa.
En cuanto un hueco quedó libre, se lanzó. No caminó: embistió. A codazos, apartando a una anciana que aspiraba al mismo sitio, se arrojó sobre el asiento con tal violencia que el vecino de plaza dio un respingo.
—¡Mal educado! —le gritó la mujer agitando el bolso.
Él sonrió, victorioso. Mientras el murmullo de indignación se disolvía en el zumbido del motor, sacó del bolsillo una hoja doblada: la lista de la compra de su esposa, Juli.
Ella andaba entusiasmada con una receta “especial” que había sacado del Club de Mujeres Empoderadas, al que se había apuntado por insistencia de la vecina, la señora de Rascadori… aunque ella se negaba a que la llamaran así.
— Mi nombre es Reme de Remedios —repetía cada vez que alguien se equivocaba.
Para Reme, aquel era ya el sexto club. Había pasado por el de Mujeres Progresistas, las Mujeres Evolutivas… y ahora por este.
La Juli no tenía muy claro qué significaba aquello de “empoderadas”, pero la palabra se repetía mucho en las discusiones que le llegaban a través de las paredes, cuando Reme se enzarzaba con el señor Rascadori.
—¡Empoderada, E M P O D E R A D A! —decía La Reme, cada vez más encendida.
—¡Cállate, roja puñetera! —respondía el marido.
Y ahí se terminaba la discusión.
“La Juli” andaba emocionada por una de las normas del club. Cualquier victoria de una integrante sería festejada con una receta especial elaborada por la protagonista de aquel éxito – fuera el que fuere – Y el club era tan exclusivo que aquel plato solo sería catado por ellas, ”miembras” y mujeres empoderadas.
Y, sin duda, La Juli iba a tener un triunfo que festejar.
La oportunidad surgió en la reunión de padres del instituto.
A su hija Loli, tan corpulenta como ellos, le habían asignado el papel de sirena en la obra de Navidad, pero la cola de pez le apretaba tanto que las carnes se desbordaban por la cintura. Tras media hora de discusiones estériles, un padre harto soltó:
— ¡Ozú! ¿Y qué carajo hasemo con la niña? ¡Cómo no ce vista de la Úrzula que es lo más paresío a una sirenita!
La Juli, lejos de achicarse, vio la luz:
—¡De eso ná! ¡De elfo! ¡Mi Loli se viste de Elfo! —sentenció.
La carcajada fue general, pero para ella fue el triunfo que necesitaba. Su hija sería una elfa y punto
¡Victoria conseguida!
Para celebrarlo, cocinaría una receta para el club y no una cualquiera. Sería la receta «solo para mujeres», aunque ella pensaba saltarse las normas y comer la delicia con su Manué. Al fin y al cabo, las señoras nunca lo sabrían.
Manué repasó los ingredientes en el papel, una lista que parecía más un ritual que un guiso:
- Pata derecha de pava de corral de Los Palacios.
- Alcaparras de Trébeles y pimienta verde de Madagascar.
- Garbanzos de Las Pedroñeras y judiones del Barco de Ávila.
- Salsa Lifthom’s de Coventry.
- Tomates, cebollas y pimientos (estos, sin pedigrí).
El autobús llegó a su parada.
Se levantó repitiendo el proceso: empujones, gruñidos y codazos hasta alcanzar la acera.
Bajó por fin, aliviado, como si el aire de la calle le limpiara de golpe el ruido del autobús.
Miró a un lado. Luego al otro. Y entonces lo vio.
A la derecha del mercado, en el antiguo terminal convertido en aparcamiento, había una alineación de carpas con techos de lona blanca brillando al sol y un cartel : FERIA DE ARTESANOS.
Se puso nervioso.
Olvidando por un momento la pata de pava y los judiones, sonrió y, sin pensarlo demasiado, tomó una decisión:
Iba a entrar allí…
¿Piensas que Manué va a ceñirse a la lista de la compra para la receta empoderada de su mujer?
Descubre la segunda parte del guiso empoderado: El Charlatán y la Manteca Colorá