UNA GUERRA SIN TRINCHERAS

Diarios de Ayer y Hoy

10   de  Marzo 1937

A pesar del tiempo que ha pasado desde que empezó todo ésto,  no me acostumbro al  ruido de las sirenas, ni al de los aviones cruzando el cielo. Es difícil ser niño y jugar como si no pasara nada.

Tengo el estómago demasiado vacío y la mente  llena de miedo. Hace más de 6 meses que papa se fue al frente.

Desde entonces, en casa o jugando en la calle, mamá siempre está asustada: “Pronto entrarán también aquí y no tenemos a nuestros hombres, ni trincheras donde defendernos .” dice llorando.

Tiene miedo de todo, ya no sonríe y  es como si mis hermanas y yo fuéramos invisibles. Cada noche, mama se olvida de arroparnos, no hay dulces sueños, solo la foto de papa debajo de su almohada. Recuerdo el día que se hizo la fotografía vestido de soldado. Estábamos tan orgullosos de él,  con su uniforme y su fusil. Pero llegó el momento de la despedida y, al abrazarle, sentí una sensación agridulce.

 Mi último recuerdo de papa es  justo antes de subir al tren. Había muchas familias como nosotros, despidiéndose con las mismas caras de  tristeza.  Ahora entiendo por qué los soldados están tan firmes. No es porque tengan miedo, es por la tela tan tiesa y dura de sus uniformes.  Esa sensación de repelús es lo que sentí al abrazar a mi padre por última vez. Me dijo: “Hasta que  yo vuelva eres el hombre de la casa y tienes que cuidar de las mujeres”.

Yo iba a contestarle que tengo 8 años, que no sé cuidar de mayores, ni de pequeños tampoco,  pero de repente, allí,  en el andén, miré con devoción a ese  héroe que se marchaba a la guerra. Me puse muy firme y asentí. Me había hecho mayor de repente.

Resumiendo, mama sueña  gritando el nombre de papa y ya nada es lo mismo.

dibujos guerra civil niños

Así que estoy más tiempo en la calle que en casa. Los mayores están desquiciados y nosotros hemos hecho nuestra panda del barrio. Somos una columna indestructible ante tanta maldad. Bueno, lo éramos. Hasta que la semana pasada, Carlitos pisó una granada camuflada entre los escombros de la casa abandonada.  Ayer estuvimos en  la montaña de  basura que tanto le gustaba y le dimos un último adiós entre lágrimas. Perico no estaba porque se ha marchado al pueblo de su madre. Recibieron una carta de su abuela. Su tío había muerto en el frente de Brunete. Candela tiene unas fiebres desde hace unos días y dicen que no se le baja porque no hay medicamentos, ni alimentos para mantenerla con fuerzas. Rezamos por ella cada día. Ya solo quedamos Lina, Rober y yo.  Y yo, mañana, tampoco estaré.


La abuela lleva en casa un par de días. Dice que ha venido para cuidarnos pero yo sé que mama es quien más necesita que la cuiden. Lo mejor desde que ha llegado es el olor en  la cocina. Ya se me había olvidado el aroma a caldos recién hechos y  pan de  bizcocho. Aunque no sé cuánto más habrá para caldos. Las gallinas casi no ponen huevos, porque ya casi no hay gallinas.

El huerto del patio es una bendición” dice la abuelita.

Me gusta cómo piensa la abuela, 4 patatas y dos coles y se pone tan contenta.

Con ésto, ya veréis qué caldos os voy a preparar.  Para que me cantéis esa canción que tanto me gusta” nos dice con una alegría que nos llena de tranquilidad, porque la verdad, que cuando mamá se pone a gritar por la noches, nosotros que somos los niños, no sabemos muy bien qué hacer.

abuela

Menos mal que ha venido la abuelita, y nos ha devuelto ese soplo de felicidad, que tanta falta nos hace. Cada vez que mamá nos oye reír  o cantar “la fuente que mana sangre de los españoles que murieron por España…”, se enfada mucho.

Es verdad que la canción se las trae. Habla de muertos que mueren en la guerra y de madres que lloran y suena muy triste,  como las campanas de las iglesias tocando a difuntos, pero la abuela le responde que además de su marido, es nuestro padre y es su hijo y todos le echamos de menos pero unos le recuerdan con pena y otros con alegría.

Quiero ser como ella cuando sea mayor, siempre protegiéndonos a todos. Hoy las bombas se han escuchado más cerca de casa que otras veces. La abuela dice que mañana nos marchamos todos al campo. Mamá no quiere ir  por si papa vuelve pero , como dice la abuela: “si sobrevive a esta guerra, él sabrá donde encontrarnos”.  Y cuando la abuela se arremanga, no hay quien le lleve la contraria.

Voy a echar de menos, la calle donde jugamos y a la panda. Al despedirnos hemos hecho la promesa de reunirnos otra vez en cuanto la guerra se termine y todo vuelva a ser igual que antes. Hasta tenemos unas ganas locas de ir a la escuela y que Don Bartolo nos haga aprendernos la lista de los reyes godos.  

Ahora creo que sé lo que es la guerra. Da igual si eres hijo  o padre, todos tenemos que pelear y defendernos como podamos. Papa, en el frente, con un fusil y nosotros en la retaguardia. Yo ahora soy el cabeza de la familia hasta que papa regrese.  Porque va a volver, tiene que hacerlo para cuidar de nosotros y para que mama  sea otra vez mi mamá.

Al amanecer, salimos hacia el pueblo para llegar antes del toque de queda.  Todo será mejor allí, con las gallinas,  la vaca, el huerto, los frutales, por lo menos, se me pasará este dolor que se me pone en la boca del estómago. La abuela dice que es hambre. Hambre y Miedo, no sé cuál de los dos duele más…

cenefa hojas

10 de Marzo de 2020

El mundo está loco, desquiciado. Nadie entiende cómo hemos llegado hasta aquí, pero aquí estamos y no hay vuelta atrás

Las noticias hablan de un enemigo imperceptible y letal, sobre todo para nosotros,  los mayores de 80.  Deberíamos comenzar a tomar medidas o vamos a terminar como Italia. Mi hermana rehizo su vida en Milán hace más de 50 años y me dice que sus hijas le han prohibido salir de casa, ni ver a los nietos.

¡Pobre Carmencita! no es de confinamientos ni soledades.

Los chicos se han puesto en alerta. Mis tres nietos y mi hija han dicho que quedo confinado en casa hasta nueva orden. La verdad es que cuando todos se ponen tan nerviosos, yo no sé si hablarles de otros tiempos de miedos y hambre o dejarme hacer. Bastante tienen ellos, con la que está cayendo.

Así que, me toca colaborar. Se acabaron los paseos por la playa, bajar al pueblo o jugar la partida de mus con los amiguetes. Al menos tengo la casa y el jardín donde aguantar sin mis rutinas cotidianas.

Que estamos en pie de guerra es seguro, pero ahora no hay trincheras, ni blanco a quien disparar y los uniformes son batas de hospital. Ahora el enemigo se esconde, se camufla en nuestro interior, como el miedo de niño que me revolvía el estómago. Lo que no ha cambiado, como entonces, es que no puedo tomar decisiones, dependo de mi familia, de sus decisiones, cuidados y protección.

Esta noche he soñado con la abuela. Con el primer rayo del alba y la carreta que nos llevaba al pueblo, alejándonos del peligro.

Ella lo intentó con todas sus fuerzas pero no fue suficiente. Nunca llegamos a nuestro destino y acabamos desperdigados en orfanatos y casas de acogida. He sentido una presión terrible en el corazón.

 En aquella guerra,  un disparo del enemigo me arrebató a mi padre y a mi abuela. Me separó de mis hermanas y mi madre. Hasta que no fuimos adultos, no volvimos a encontrarnos y era demasiado tarde para recuperar el cariño perdido.

Pero esta contienda es mucho más cruel y traicionera. En esta guerra sin trincheras, los mayores estamos en primera línea y el arma más letal es un abrazo amoroso de mis hijos o un beso cargado de ternura de mis nietos.

 Sobreviví a aquellas trincheras y  voy a plantarle cara a lo invisible, como le prometí a mi padre. Quizá sea el momento de  aprender de nuestro pasado.

Cambiar este vocabulario de “las dos Españas”. Mejor que yo, nadie sabe que el odio no cierra heridas. Construir un futuro juntos es enfrentarse unidos a un único enemigo.

Quizá, esta vez, entendamos que el poder está en lo que nos une. Puede que, haciendo de tripas, corazón, saquemos fuerza de flaqueza para recorrer un mismo camino.

Y que en la salud y en la enfermedad, sonreír a nuestro vecino, regalar música y alegría, de balcón a balcón, aporte un nuevo significado a nuestras vidas. Es posible que aplaudir cada tarde a tantos héroes anónimos y sacrificar nuestra libertad por el bien de todos, cambie por fin nuestras prioridades.

Los más vulnerables nos apoyamos en los más fuertes. Unos al lado de los otros, sin pieles que tocar pero con un solo corazón.

No estoy solo, los tengo a ellos, mis hijos, mis nietos, tengo la fuerza de un hogar donde mantenerme a salvo y una pandilla de amigos. No son Rober, Lina, Candela o Carlitos, pero como ellos, están esperando a que todo  pase para  compartir otra vez, charlas y juegos .

Jovenes y ancianos

El frente de batalla es nuestro hogar ahora y estamos demostrando que no abandonamos y, permaneciendo, sabemos pelear.

Igual que en aquella otra guerra, no pierdo la esperanza porque no hay mal que cien años dure. Alejo el miedo de mi mente y me concentro en una única responsabilidad, resistir y sobrevivir.

Y es que el paso del tiempo no es contar décadas, es vivir cada día con esperanza, sin pensar en mañana.

En esta pandemia, más que nunca,  disfrutar de cosas insignificantes se ha convertido en un tesoro. El abrazo y las sonrisas de los míos, pequeñas y sencillas emociones que no se compran, ni se venden, tan solo se atesoran para, muy pronto, recuperarlas de nuevo alrededor de mi mesa.

Elisa Bueno. Historias entre Fogones

La continuación de esta historia: Las Ausencias y sus Recuerdos

columpio y rosa
cenefa hojas

Esta historia inspira una receta muy casera, FILETES RUSOS CON TOMATE

filetes rusos con toamte

2 respuestas a “UNA GUERRA SIN TRINCHERAS”

  1. Es un relato tierno y duro a la vez, por lo que conlleva de realidades. Nuestros mayores son nuestro sostén en el más amplio sentido de la palabra, sin ellos la vida estaría vacía de muchas emociones vitales, porque son la base de nuestra, existencia y de nuestra cotidianeidad.
    Magnífico homenaje.

  2. Paloma Rey dice:

    Me ha encantado, Eli, como siempre. El artículo es una maravilla, y mañana comeremos filetes rusos con tomate en homenaje a ellos, nuestros mayores. Un abrazo y muchas gracias por el buen rato que he pasado leyéndolo.

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