Inicio un nuevo enero y, aunque parece que nada cambia, la vida a mi alrededor sí lo hace.
Como si de un virus extremadamente contagioso se tratara, extendiéndose entre la gente que más quiero, soy testigo de rupturas complicadas, finales y nuevos comienzos difíciles de digerir, y de su lucha incansable mientras superan momentos dolorosos, pero increíblemente transformadores.
Inconscientemente intento ayudar; quizá porque es más sencillo dar consejos desde la barrera que ser parte del conflicto, comparto mis percepciones. Pero sus rostros no sonríen, ni sus cuerpos se relajan.
Y entonces entiendo.
Ellos no necesitan eso.
Necesitan desesperadamente un hombro donde apoyarse, ser escuchados sin esperar palabras y juicios innecesarios; tan solo estar a su lado con la boca callada y los oídos bien abiertos, viéndoles mientras cruzan el puente que separa la ausencia de una orilla de los nuevos sueños que encontrarán en la otra.
Y es cuando comprendo que esta posición es mucho más sanadora para ellos y también para mí.
Es mi manera de que ellos sepan: “pase lo que pase, me tienes aquí, siempre, incondicionalmente”.

Porque, a fin de cuentas, lo más importante no son las decisiones que tomen —solo a ellos les corresponde hacerlo a través de su experiencia y su intuición—, sino que puedan encontrar su propia felicidad.
La felicidad es la manera en la que elegimos vivir y es diferente para cada uno. Buscarla es la mejor manera de sanar el alma herida.
Mi felicidad es exclusivamente mía y no la busco en un solo instante, sino en momentos infinitos en los que aprendo a ser auténtica conmigo misma. Ahora me escucho por dentro y no al ruido que acalla mi voz.
Yo la encuentro agradeciendo lo que tengo, no echando de menos lo que me falta.

Despierto a un nuevo día sin culpa, buscando mi propósito y, aunque no siempre lo encuentro, tengo otro amanecer para volver a intentarlo. ¡Qué grandísima noticia!
Los días tormentosos siempre convivirán conmigo junto a otros espléndidos y las heridas que sé que nunca se cerrarán del todo, las acepto, las abrazo y cuido con mimo porque ellas me recuerdan que el corazón ama y duele a partes iguales; que mis emociones me ahogan y me elevan con la misma intensidad.
Y sonrío.
Leí en algún lugar que la plenitud no es tener, es sentir.
No es llegar a esa otra orilla, sino vivir intensamente en el proceso.
A mi gente bonita, ojalá encontréis vuestra felicidad y disfrutéis intensamente un camino lleno de melodías y personas de luz que siempre tengan el abrazo y la sonrisa que necesitáis.
Os abrazo y os llevo en mi corazón.
Esta entrada me ha inspirado a hacer una receta que te abraza cuando el frío encoge el corazón y te calienta como esos rayos de luz que asoman y tocan la piel: Marmitako
