Concha solitaria en las rocas de la playa, símbolo de enero como mes de comienzos y de acompañar sin juzgar.

El mes de los comienzos

Inicio un nuevo enero y, aunque parece que nada cambia, la vida a mi alrededor sí lo hace.

Como si de un virus extremadamente contagioso se tratara, extendiéndose entre la gente que más quiero, soy testigo de rupturas complicadas, finales y nuevos comienzos difíciles de digerir, y de su lucha incansable mientras superan momentos dolorosos, pero increíblemente transformadores.

Inconscientemente intento ayudar; quizá porque es más sencillo dar consejos desde la barrera que ser parte del conflicto, comparto mis percepciones. Pero sus rostros no sonríen, ni sus cuerpos se relajan.

Y entonces entiendo.

Ellos no necesitan eso.

Necesitan desesperadamente un hombro donde apoyarse, ser escuchados sin esperar palabras y juicios innecesarios; tan solo estar a su lado con la boca callada y los oídos bien abiertos, viéndoles mientras cruzan el puente que separa la ausencia de una orilla de los nuevos sueños que encontrarán en la otra.

Y es cuando comprendo que esta posición es mucho más sanadora para ellos y también para mí.

Es mi manera de que ellos sepan: “pase lo que pase, me tienes aquí, siempre, incondicionalmente”.

Mar agitado, símbolo de enero como mes de comienzos y de acompañar sin juzgar.

Porque, a fin de cuentas, lo más importante no son las decisiones que tomen —solo a ellos les corresponde hacerlo a través de su experiencia y su intuición—, sino que puedan encontrar su propia felicidad.

La felicidad es la manera en la que elegimos vivir y es diferente para cada uno. Buscarla es la mejor manera de sanar el alma herida.

Mi felicidad es exclusivamente mía y no la busco en un solo instante, sino en momentos infinitos en los que aprendo a ser auténtica conmigo misma. Ahora me escucho por dentro y no al ruido que acalla mi voz.

Yo la encuentro agradeciendo lo que tengo, no echando de menos lo que me falta.

Atardecer en la costa, la calma tras la tempestad, símbolo de enero como mes de comienzos y de acompañar sin juzgar.

Despierto a un nuevo día sin culpa, buscando mi propósito y, aunque no siempre lo encuentro, tengo otro amanecer para volver a intentarlo. ¡Qué grandísima noticia!

Los días tormentosos siempre convivirán conmigo junto a otros espléndidos y las heridas que sé que nunca se cerrarán del todo, las acepto, las abrazo y cuido con mimo porque ellas me recuerdan que el corazón ama y duele a partes iguales; que mis emociones me ahogan y me elevan con la misma intensidad.

Y sonrío.

Leí en algún lugar que la plenitud no es tener, es sentir.

No es llegar a esa otra orilla, sino vivir intensamente en el proceso.

A mi gente bonita, ojalá encontréis vuestra felicidad y disfrutéis intensamente un camino lleno de melodías y personas de luz que siempre tengan el abrazo y la sonrisa que necesitáis.

Os abrazo y os llevo en mi corazón.

Esta entrada me ha inspirado a hacer una receta que te abraza cuando el frío encoge el corazón y te calienta como esos rayos de luz que asoman y tocan la piel: Marmitako

0 0 Votos
Valoración.
Subscribirse
Avisar de
0 Comentarios
Respuestas en línea.
Ver todos los comentarios