Prólogo: El brillo que el tiempo no puede apagar
Hay recuerdos que desafían el paso de los años y se quedan grabados en el alma con la misma frescura del primer día. Hoy quiero hablaros de una palabra que define a la perfección esa resistencia al olvido: Inmarcesible.
Según nuestro diccionario, se refiere a aquello que no se puede marchitar. Y es curioso cómo, al mirar el dibujo de Isela —esa hada que mi hija me regaló hace años inspirada en una foto de mi propia juventud—, me doy cuenta de que hay partes de nosotros que comparten esa misma cualidad. Los años pasan, el cuerpo cambia, pero el amor verdadero, la esencia y el refugio que encontramos en los brazos de una madre permanecen intactos.
Para esta ocasión, la frase que acompaña a Isela es un recordatorio y una promesa: «Nunca se marchita».
Inspirada por esta idea, hoy os invito a adentraros en un pequeño relato fantástico. Una metáfora nacida del corazón sobre una niña perdida, un hada de manos curativas y un viaje de regreso a la luz.
El Bosque de los Recuerdos Inmarcesibles
La niebla en el Bosque de los Susurros no era fría, sino gris y densa como el olvido.
En mitad de un claro, rodeada de flores luminosas que cambiaban de color según el viento, se encontraba una niña. Tenía la mirada desierta. No recordaba su nombre, ni cómo había llegado allí, ni por qué su pecho albergaba una tristeza tan pesada.
De repente, el batir de unas alas transparentes rompió el silencio. Ante ella descendió un pequeño ser alado de cabellos largos y corona de rocío. Sus ojos reflejaban una sabiduría ancestral y sus manos desprendían un suave fulgor dorado.
—¿Quién eres? —susurró la niña, retrocediendo un paso con miedo.
—Soy quien vigila lo que creías perdido —respondió el hada con una voz que sonaba a canción de cuna—. Sé que tienes frío por dentro, pequeña. Déjame ayudarte.
Mientras aquel ser abría sus alas, su tamaño aumentaba hasta rozar suavemente con sus manos la mejilla de la niña.
Al instante, una calidez desconocida recorrió el cuerpo de la pequeña, aliviando el peso de su pena. Sin embargo, todo lo que había a su alrededor seguía siendo un misterio.
—No sé adónde ir —lloró la niña—. No sé quién soy.
—Caminemos juntas —dijo el hada, ofreciéndole su mano—. Para saber adónde vas, primero debes recordar quién fuiste.
Comenzaron a andar por un sendero de pétalos que crujían como cristal. A lo lejos, surcando un cielo de tonos violetas, apareció una criatura imponente: un gran felino de pelaje dorado, pero con una larga cola escamada y alas de dragón que batían con elegancia. A pesar de su tamaño, el animal bajó la cabeza al pasar junto a ellas, emitiendo un ronroneo que hizo vibrar el suelo.
—Él es Auron —le dijo—. Protege los sueños curiosos…
La niña parpadeó, sintiendo un chispazo en su mente.
—Yo… yo no tenía alas, pero corría libre —dijo de pronto, con los ojos abiertos de par en par—. Corría por el campo… con mis hermanos. Había perros, caballos… y no tenía miedo. ¡Tenía animales que me amaban!
El hada sonrió y la guió hacia la orilla de un inmenso lago de aguas plateadas.
Del fondo emergió una ballena colosal, de piel perlada y ojos tan inteligentes que parecían contener estrellas. La criatura no emitió ningún sonido con la boca, pero una voz clara y pacífica resonó directamente en la mente de la niña.
«Bienvenida de nuevo, pequeña buscadora de historias», dijo la ballena antes de sumergirse de nuevo, dejando una estela de espuma brillante.
Aquella criatura conocía su imaginación desbordante. Escuchó en su mente la voz que emergía de las profundidades:
«Cierra los ojos y verás aquello que necesitas encontrar…»
La niña sonrió por primera vez.
Las flores a su alrededor estallaron en tonos amarillos y rosados intensos, reaccionando a su alegría.
—Me veo a mí misma reuniendo a mis amigos. Hacíamos cabañas, inventábamos mundos…
Una lágrima de felicidad resbaló por su rostro.
— Y había unos brazos… unos brazos tiernos que siempre me esperaban. Su risa era mi refugio. Mi madre…
En ese instante aparece de la nada un arco de piedra cubierto de hiedra y flores que jamás morían.
—Tu esencia es inmarcesible, pequeña. Nunca se marchitó, solo estaba escondida —dijo el hada.
—¿Qué hay al otro lado? —preguntó la niña mirando el portal que delimitaba la piedra
—Tu realidad. Tu presente. Ve sin miedo.
La niña cruzó el umbral.
Mientras lo atravesaba, sintió como el bosque y sus criaturas mágicas desaparecían y, en un parpadeo, sus pies pisaban el suelo de una habitación cálida.
Y aquella niña ya no era una niña.
Se encontró frente a un espejo. Allí reconoció a una persona fuerte y llena de energía renovada. La oscuridad y los miedos habían quedado atrás.
Al levantar la vista una anciana, sentada en un sillón junto a la ventana, sonreía. Su cuerpo acusaba el peso de los años, sus palabras se habían vuelto silenciosas pero aquella sonrisa y esos ojos despiertos eran sin duda los de su madre.
La hija se acercó y se arrodilló a su lado.
Acarició su rostro lleno de pliegues, de vida. Ella le devolvió el gesto con ese apretón de manos que le imprimían una ternura infinita, que le transmitían hogar. En ese instante, reconoció el brillo, la calidez y todo retomó a su lugar.
Aquellas manos arrugadas eran las mismas manos curativas del hada que la había rescatado de su propia tormenta para traerla de vuelta.
Su madre siempre había estado allí y siempre estaría.
Aunque el silencio ganara terreno, aunque el tiempo transformara sus cuerpos, ella habitaría para siempre en lo más profundo de su alma.
Porque hay un mundo al que solo se accede a través del corazón, y allí, se construye un lugar repleto de amor desinteresado que tan solo una madre puede comprender…
Y solo entonces, cuando reconoces y comprendes el alcance de esa emoción, el vínculo se vuelve eterno, invencible, inmarcesible, para siempre…
Para todas las madres que han sido, son y serán algún día…
Esta entrada se adentra en mis fogones con mis Fajitas de Pollo y Salsa de Yogur, por ser una de esas recetas que nunca se marchitan pasando a lo largo del tiempo de unas manos a otras.