Aunque mi vida siempre ha estado protagonizada por la improvisación, en estos últimos tiempos he sido más consciente de mi manía peculiar de recolocar las cosas, los espacios y, en general, mi vida, en “lugares de paso”.
Yo, que inconscientemente más bien me dejo estar, en lugar de dejarme fluir, tiendo a empezar diversas y demasiadas cosas a la vez. Intento reorganizar aquello que, desde un inicio, está desorganizado con la absoluta convicción de que seré capaz de terminar cada una de ellas, pero siempre aparece algo nuevo que es más prioritario que lo anterior, y “las cosas a medio hacer” se me amontonan en zonas transitorias con mi socorrida promesa: “de momento lo dejo aquí, después me pongo con ello…”
De esta manera, los sitios de las cosas pendientes se amontonan por tiempo indefinido, pasando a convertirse de transitorias a inacabadas para siempre jamás. Así, las tareas pendientes se acumulan y dejan de ser provisionales para convertirse en olvidos permanentes.
Toda mi vida está llena de propósitos y tareas aparcadas en estos lugares, como si tuviera miedo de liberarlas de la postergación para encontrarles el lugar al que pertenecen y poner un gran punto y final al asunto.
Y así mi vida se entrelaza con hilos a medio tejer, formando trozos de madejas de mil intenciones y emociones diversas, sin saber muy bien si aquella motivación de entonces tiene ahora algún sentido para mí, más allá de aceptar que muchas de ellas nunca tendrán un lugar definitivo porque realmente nunca formaron parte de mi verdadero propósito.
Y aquí me surge la pregunta más puntiaguda de todas, con un cajón abotargado de tareas inacabadas:
¿cuál es mi verdadero propósito?
Podría prometerme de nuevo que esta vez voy a ser capaz de finalizar aquellos proyectos inconclusos, pero si lo hiciera estaría de nuevo en el inicio de esta reflexión y la historia de nunca acabar continuaría empezando una y otra vez.
Tal vez no se trate de acabarlo todo, sino de entender qué merece la pena ser terminado. Así que voy a aceptar esta idiosincrasia como parte de mi naturaleza, sin otra presión que sentarme frente a mis letras y escribir, abrir una hoja en blanco y soltar pinceladas de colores sobre ella, meditar hoy sin saber qué pasará mañana, en definitiva, tolerar mi imperfección.
Quizá no preocuparme de buscar un lugar definitivo, simplemente transitar mis intenciones y proyectos, sea lo que me acerque a lo verdaderamente imprescindible: la aceptación de mi inspiración. Y es posible que aquí encuentre la respuesta a mi pregunta.
Quizá todas estas intenciones sin rumbo fijo no estén perdidas, sino señalándome el camino. Es posible que no necesiten ningún lugar transitorio, tampoco definitivo, porque todas ellas —olvidadas unas, rechazadas otras— sean el caos transitado sin culpa que me conduce hasta lo verdaderamente imprescindible en mi vida, hacia aquello que sí tiene un sentido profundo para quedarse y ser terminado.
Esta reflexión me lleva a ese postre que repito una y otra vez y nunca sale igual, pero que a todos les encanta. Nadie se resiste a un trozo de MI BIZCOCHO CASERO con un café bien calentito.