Dedicado a quienes aún buscan su destino y a las manos que nos guiaron antes de partir. A las mujeres de mi familia, en especial a mi abuela Paca.
Sus manos, aunque marcadas por los años, nunca perdieron ese aroma a vainilla que me hacía creer en los ángeles.
Por ella, imagino el cielo con sabor a chocolate y a albahaca.
Esta es mi forma de volver a tocar esas manos que me enseñaron a sentir.».
Manos blancas de esperanza.
Mágicas manos que escriben versos,
tocan melodías,
llegan al alma.
Manos con aromas a lejanas primaveras,
que inspiran ternura.
Maternales manos acunando sueños,
inspirando mundos,
encerrando universos.
Infantiles manos,
tersas
y lisonjeras.
Manos que erizan el vello
hasta perder la cordura.
Solitarias manos
estériles
yermas…
Premonitorias manos,
llenas de melancolías,
Las que esconden verdades inconfesables
ahogadas de soledad.
Manos que multiplican los panes
y los peces,
dando todo
sin esperar nada.
Manos que se dejan llevar
o pasionales que acarician
llevándote hasta el infinito
y más allá…
Maquieavélicas que corrompen corazones,
amoratan espíritus,
empuñan aceros.
Derrotadas manos,
batalladoras de causas perdidas.
Manos marchitas
sin un mañana.
Ajadas manos
con aromas a vainilla.
Las que salvan vidas
y las que fortalecen hogares.
Manos que susurran esperanza
mientras saludan a un nuevo día.
Manos con las que compartir vida
y también muerte.
«Porque no hay mejor receta que la que se escribe con manos que han vivido, fallado y vuelto a empezar.
Las manos de estas mujeres que tanto me han inspirado y acompañado ya no están pero su legado se quedó impregnado en mi cocina y en mi corazón. Que estos versos sirvan para honrar a quienes nos alimentaron el alma mucho antes de alimentarnos el cuerpo.»
La receta de la abuela: Napolitanas de Chocolate