Autora: M.L Ventura
Yo tenía 16 años y muchas ganas de vivir cuando visité la costa por primera vez, en uno de esos viajes “fin de curso”.
A él le veía en el instituto: mochila al hombro y cabeza alta; obviando valientemente los incesantes torbellinos que generaba a su paso: cabezas vueltas, cuchicheos, miradas pesadas, risitas impertinentes…
Yo, que vivía disimulando desde siempre aquella sensación de encierro y oscuridad que pesaba sobre mí como una manta de mármol, le admiraba como se admira a un héroe de cine, con esa mezcla de asombro, ilusión y esperanza consoladora; y veneraba su calma y su arrojo, esa seguridad suya que parecía retar al mundo entero; esa luz alentadora que contagiaba de buena vibra aún desde la distancia; esa forma suya de ser, tan icónica, única y verdadera.
Después de admirar durante un rato la calma cambiante del mar, con sus olas indomables y sus silencios profundos, comprendí que hay cosas que no precisan explicación, porque solo con su presencia se desatan emociones que son capaces de sacudir el mundo.
Me giré y le vi sentado en el chiringuito, con las piernas cruzadas, gafas de sol oscuras y enigmáticas como la noche, ocultando aquellos ojos que nadie se atrevía a mirar de frente; playeras coloridas con plataforma, y uno de esos tangas que dejan poco a la imaginación.
Me atreví a sentarme a su lado.
—¡Garçon, lo mismo!—Lo dije con voz serena y señalando su copa.
Me miró con lentitud y paladeó con deleite el líquido ambarino.
El camarero me sirvió con un mohín burlón en los ojos y sonrisa socarrona.
¡Que sea suave! rogué antes de llevármelo a la boca.
Era mi primera vez con el alcohol… y con todo lo demás.
Sorbito: ¡Ummm, sabor a pasas… a miel… a dulzura botánica compleja y especiada…
¡Bebí más, más, más…!
Cuando mi córtex prefrontal dio rienda suelta a mi impulsividad dormida, dije mirándole directamente a las gafas:
—¡Ha muerto!
—¿Quién? —contestó casi sin interés y arrastrando la palabra hasta el abismo más profundo.
—Mi parte hetero —dije con lengua de trapo, beoda y torpe—. ¡La otra está en el mismísimo cielo!
Sonrió con picardía y se dirigió al camarero con tono afeminado y mucha parsimonia:
—¡Pss! Machote, haz tu trabajo y relléname la copa…
Cuando le tuvo cerca se bajó las gafas hasta la punta de la nariz y le dijo casi en el oído:
—¡Y, siiiiiiiiiií…, es lo que parecemos!
Esta maravillosa historia la he querido acompañar de una receta muy apta para recuperar un poco ese córtex prefrontal al día siguiente: Infusión de cítricos.