Autora: M.L Ventura
Yo dormía bien hasta que la abuela colgó frente a mi dormitorio el retrato de “Caradeperro”, su segundo marido.
El hombre había sido en vida tan bueno de corazón como feo de rostro; de ahí ese apodo ingrato con el que todos le conocían.
Siempre estuvo enamorado de la abuela, casi desde niños, pero el abuelo, mucho más apuesto y decidido, le ganó la partida.
“Caradeperro” vio el cielo abierto para él cuando la abuela enviudó y corrió decidido, lleno de flores y halagos, a convencerla de lo feliz que sería a su lado. Y así fue: abuelita siempre fue dichosa con él hasta que murió; entonces vino a vivir a casa con nosotros y lo primero que hizo fue colgar en su dormitorio el retrato del abuelo, pero como le parecía mal tenerlos a los dos juntos en el mismo lugar, le pidió a papá que colgara el suyo fuera, en el pasillo, justo frente a su cuarto… y el mío, así le vería al entrar a dormir y al despertar por las mañanas.
¡Y yo también!
Cuando abría la puerta, lo primero que veía eran sus ojillos pequeños y penetrantes siguiéndome hasta que le perdía de vista; su nariz de berenjena o sus orejotas coloradas. Y por la noche, cuando entraba a dormir, inevitablemente me cruzaba con su sonrisa dilatada y lobuna, que acababa provocándome pesadillas.
Pero ¿quién persuadiría a la abuela para descolgar el retrato de su amado segundón? Era del todo imposible. Lo había intentado por activa y por pasiva, pero sus recatos inmisericordes no se compadecían de nadie.
Una mañana, el rostro de “Caradeperro” no estaba: se había esfumado dejando en su lugar un círculo turbulento y grisáceo dentro de una indefinida línea verdosa.

La abuela, con su rosario entre los dedos, comenzó a deambular por la casa invocando al Altísimo y a todo el santoral mientras perseguía a papá, que huyó sin desayunar con la excusa del trabajo; luego fue tras mamá, diciéndole a voz en grito que lo de la desaparición era algo “paranormal del más allá”, un mensaje que llegaba cifrado para los mortales.
A mí me alcanzó en el tendedero y casi me pilla metiendo en la basura el bote de disolvente para pinturas.
Este relato ha inspirado la receta de la mano de la propia Marisa:
