El final del verano llega traicionero, sin avisar: un buen día te da una colleja y te arranca de golpe del clima tibio, de las ventanas abiertas, del olor a sal, de las siestas y los atardeceres dorados… Se lleva el sombrero de paja, las sandalias, el chapuzón en la piscina y la ropa ligera; y dice adiós sin pena a los pies descalzos y a la vida relajada y colorida, de días largos y noches estrelladas.
El final del verano te mete de lleno en las fauces inmensas de las ciudades, con sus calles oscuras de sombras misteriosas, que a la gris luz del día resultan ser leyendas de metal que todo lo prohíben; calles que se llenan de un tráfico infinito que se desliza como procesionarias orugas, todos los días, a las mismas horas…
El final del verano es el principio del frío afilado que corta el aliento y agrieta los dedos; de la escarcha que viste de blanco el parabrisas del coche; de la tiranía del reloj, que se mofa de todos con su silbido estresante y autoritario: ¡vamos, arriba!
¡Y es que yo soy de verano! A mí el invierno me gusta solo a ratos; acaso por las sopas humeantes y sabrosas que te resetean el cuerpo, y por los bizcochos de otoño que traen recuerdos de la niñez en casa de los abuelos; por la lluvia ligera sobre la ventana leyendo un buen libro al calor del hogar; por las calabazas, los turrones, los regalos y las luces de colores cuando se acerca la epifanía; y, sobre todo, porque es cuando hay más gente sentada a la mesa familiar, compartiendo momentos de chocolate caliente y risas infantiles.
Y también porque comienza la cuenta atrás para volver a pisar la arena de la playa, tostarse la piel y hacer poemas en el mar.
A todos os deseo un feliz solsticio de invierno y muy felices fiestas.
Esta historia esta relacionada con luna receta muy especial: Corona de brotes verdes