Silueta de un hombre andando sobre las arenas del desierto, rodeado de relojes, representa el tema principal de la entrada, el tiempo.

Manecillas

El otro día caí en un pensamiento recurrente: el tiempo. Es un pensamiento rumiante que apuesto a que también te ha rondado la cabeza más de una vez… pienso en su dureza, porque le importa poco tu estado anímico: que estés triste, contento, enfadado, ansioso o perdido. El mundo sigue girando. He deseado más de una vez poder parar sus manecillas, aunque solo fuesen unos minutos. Unos minutos en los que el ruido y el ritmo caótico de este mundo parasen, sin la responsabilidad ni la presión de dar el siguiente paso; simplemente, unos minutos de poder ser, sentir y parar sin sentir las consecuencias autoimpuestas de perder este recurso tan valioso que todos atesoramos con especial cuidado.

Y es con el paso del tiempo cuando empiezas a entender su rol. A veces, con sus manecillas dirige una orquesta perfectamente sincronizada y otras se convierten en un mazo para dictar la sentencia por una inversión equivocada de este recurso. Ay, el tiempo: a veces compasivo y empático; otras, despiadado y fulminante. Injusta llamamos a su actuación tan directa. Son las dos caras de la misma moneda, el juez más perfecto e imparcial y el verdugo que ejecuta la sentencia más fría.

Y entonces entiendes a las malas que cuanto más necesitas controlar sus manecillas, con más agresividad te responde, acelerando cada segundo. Ese dolor que sientes cuando piensas «no he tenido tiempo suficiente», «ojalá pudiera volver a verl@», «solo un poco más de tiempo». Ese dolor es un precio excesivo solo por querer controlarlo, por querer ir a contracorriente. Aparece el cansancio; un cansancio por sostener un pulso contra el tiempo.

Representacion del tiempo como juez y verdugo. A una mano el mazo de sentencia y con la otra sujetando un reloj con sus manecillas.

Somos tercos por naturaleza y el ego necesita control para sentir seguridad. Por eso trata de controlar lo incontrolable, incluido el tiempo. Es una lucha que hemos atravesado todos y que solo tiene dos desenlaces posibles, y créeme cuando te digo que es el tiempo el que siempre gana.

Existe un momento en la vida que todos atravesamos. Ese momento en el que el ego y tú llegáis al agotamiento más absoluto por nadar a contracorriente, en contra del viento, de las arenas del tiempo. Y es entonces, con el ego agotado, cuando aflora tu parte más auténtica: el instinto, el amor genuino, tu niño interior; donde dejas las expectativas y el control a un lado y decides flotar y dejar que la corriente te arrastre para ver a dónde te lleva. Cierras los ojos, respiras… y sonríes. Porque te das cuenta de que todo este tiempo tenías el caballito ganador en tus manos. Porque está en tus manos permitirte parar, respirar, sentir y vivir, a pesar de que cuando abras los ojos, el mundo siga girando con su movimiento caótico uniformemente acelerado. Tú eres dueño de tu propio tiempo.

Y empiezas a ser más selectivo en qué y con quién lo inviertes. Y usas tu recurso más valioso en lo que quieres de verdad, en lo que amas. No desde el control y el ego, sino desde la compasión y el amor. Y entonces tu visión de ese juez que es el tiempo cambia: tiras a la basura los extremos de si es bueno o malo porque, al final, es necesario tiempo para ver las cosas con perspectiva. Los frutos de tu propio esfuerzo no los verás de la noche a la mañana, ni las dudas que se generan a lo largo del proceso las sientes en el primer segundo.

Nacemos con un tiempo finito y, sin embargo, perdemos la noción del mismo una cantidad infinita de veces. Así que, solo puede decirte que sueltes el control de algo tan volátil como es el tiempo y permítete gastarlo, disfrutarlo, invertirlo… pero, sobre todo, vivirlo y compartirlo con amor y compasión porque es el amor el único capaz de trascender no solo el tiempo, sino también el espacio.

 Y tú

¿Qué estás haciendo con tu tiempo?

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