I. EL ORIGEN
La oscuridad lo envuelve todo.
En la inmensidad del espacio, solo irrumpen los destellos fugaces de una batalla que parece librarse en el corazón mismo del universo.
Sin embargo, la realidad es que nada en el firmamento existe para combatir; el cosmos nunca deja de buscar su equilibrio.
Aunque milenios de aparentes enfrentamientos nublen la verdadera esencia cósmica y de todo lo que allí habita, el cielo no destruye: las leyes del universo integran.
Hasta que un nuevo eclipse solar lo cambió todo.
Fue un instante místico en el presente, un pulso iniciático donde la luz del Sol se retiró lo suficiente para permitirnos ver aquello que llevaba siglos oculto.
Aquel abrazo oscuro no buscaba crear vida, sino despertar las conciencias.
El eclipse abrió un portal que condujo a cada alma al lugar al que verdaderamente pertenece. Desde allí, la percepción de las cosas se volvió diferente: unos comenzaron a hablar y otros, abrumados por la verdad, se taparon los oídos.
Cuando el universo pierde el equilibrio, no es porque existan fuerzas opuestas, sino porque las energías dejan de escucharse entre sí. Ahí radica el verdadero conflicto humano y celeste.
Cronos, el sabio, es permanencia; su monotonía consiste en almacenar el infinito.
Sostiene el reloj del universo entre sus manos y, cada vez que el tiempo le pide una respuesta, voltea lentamente la arena y sonríe con la serenidad de quien sabe que siempre habrá otro amanecer.
Su reloj no conoce la prisa, palpita al ritmo de una eternidad donde los segundos son centurias y los minutos, milenios. Sabe que la calma sucede a la tempestad y que el amor entre almas profundamente diferentes vencerá una vez más.
Sin embargo, cuando el equilibrio se congela, aquello que ya no puede permanecer debe transformarse.
Hay una joven sin nombre y sin rumbo que vive silenciosamente en un lugar escondido del Gran Bosque. Solo se siente segura entre los sonidos, las imágenes y las emociones que crea su mente mientras duerme. Quizá por eso escucha en sus sueños el devenir de esta gran historia.
Sin saber quién es, camina entre los hombres sintiendo la fragilidad de un mundo fracturado por la rivalidad.
Para ella, los astros no son masas de roca y fuego, sino una presencia, una guía invisible.
Su intuición se revela especialmente bajo la luz de la noche, donde los ecos del pasado son constantes susurros que no puede ignorar.
Atardece cuando ella sube hasta el pico de su colina para observar los efectos del eclipse.
De pronto, ve cómo el firmamento se concentra en millones de puntos de luz que, cargados de una energía sobrecogedora, se agrupan en un mismo lugar del cielo, como si estuviera construyendo una gran crisálida luminosa donde guardar toda la sabiduría del infinito.
Y, en un momento, el universo ya no parece un silencio desordenado en la noche sempiterna; ya no hay energías compitiendo entre sí, sino una sola fuerza componiendo una vibración melódica perfecta que trae un mensaje entre sus mágicas notas:
«El universo no necesita ser salvado, tan solo quiere ser recordado.»
Cuando el armónico sonido alcanza el clímax, el susurro de la Luna se vuelve más nítido, hablándole desde el mismo corazón del capullo de luz.
La joven cierra los ojos para sumergirse en una ensoñación profunda, un viaje al origen de los tiempos.
II. La Memoria
Ella siente una atracción irresistible que la arrastra hacia la gran crisálida.
Entonces deja de percibir el Gran Bosque y cruza el umbral de las luces para entrar en un espacio anterior al tiempo.
En su visión, la joven regresa a los albores ancestrales, donde no hay cielo ni tierra, ni noche ni día. Solo un espacio inmenso, abarrotado de silencio, donde el tiempo, al igual que ella, parece haber olvidado su nombre.
Y, paradójicamente, es allí donde reconoce la Memoria que pervive antes de los recuerdos, cuando él habitaba en el Levante, el reino donde nace la luz, y ella aguardaba en el Poniente, el umbral donde mueren las sombras.
El Sol y la Luna se aman profundamente. A pesar de ser dos almas gemelas que pertenecen a las dos orillas opuestas del cielo, esperan con ansiedad esa caricia fugaz que solo les permite el crespúsculo.
Sus mentes, en cambio, están vinculadas constantemente: una intimidad invisible y omnipresente que atraviesa el firmamento; cada llamarada de él es un pensamiento de amor, y cada destello de plata de ella, un suspiro de nostalgia.
Hasta que la Luna, para evitar que la ruptura del equilibrio se convierta en un bucle eterno de noche sin día, decide mediar en el ciclo del universo.
Ella necesita al Sol tanto como la humanidad necesita respirar.
Con una valentía serena, se encamina al centro del cielo y, por primera vez, las leyes permiten el encuentro.
Ella avanza hacia Él.
El Sol, sin oponer resistencia, observa cómo se acerca y, en ese caminar, siente cómo sus esencias opuestas nunca podrán destruirse, tan solo necesitan encontrarse.
Por fin está ocurriendo. Él siente su magnetismo y lo recibe sin reservas.
La Luna acaricia el cuerpo del astro ardiente y, durante unos minutos mágicos, no existe día; solo su abrazo envolviendo todo el espacio.
Y, en ese instante de oscuridad absoluta, despojados de sus escudos de fuego y plata, el universo les concede ser un hombre y una mujer expresando sin límites el inmenso amor que se profesan.
La joven sin nombre comprende que aquello que está contemplando no es una leyenda cósmica, ni sus visiones son simplemente sueños.
Ella estaba allí, antes de los tiempos, en la memoria primaria. Ésta empieza a reconocerla, deja de mostrarle el pasado para enseñarle quién es realmente.
Así es como la joven sin nombre deja de mirar desde fuera para adentrarse en los portales recónditos de su recuerdo.
Ahora no son visiones como las que vive en sus sueños. Es diferente. Son sensaciones cargadas de simbolismo.
Siente un latido en el vientre de la Luna, una cálida oscuridad acompasada de una voz que llena de paz todo el espacio.
No es una voz nueva. Es la misma que lleva escuchando en sueños desde niña.
Una premonición hermosa y reconfortante llena todo su espíritu. Aquella voz estaba ahí incluso antes de nacer.
Quizá aquel latido represente la primera vez que escuchó al universo.
Quizá aquellas emociones signifiquen otra manera de ser y sentir.
Ella se deja fluir, como un río que no sabe dónde va y aun así sigue el curso trazado.
La paz que experimenta le permite olvidar su soledad y una sensación cálida y cercana recorre todo su ser. Siente que algo o alguien espera su llegada.
Por primera vez, una puerta se abre ante ella.
Esta vez, la luz evoca una nebulosa de estrellas y, navegando entre ellas, siente la calidez de un hogar, un corazón latiendo, una elección que conlleva dejar atrás aquello que amó alguna vez.
Y no sabe muy bien la razón, pero cada vez está más segura de que las emociones que vive mientras duerme pueden no ser imaginaciones, sino fragmentos de ese lugar al que pertenece.
Ahora la voz es más clara. No es parte de un sueño; parece surgir de la propia alma del bosque:
—¡Has vuelto!
La joven escucha aquellas palabras sin saber de dónde provienen.
Hay un silencio. Ella intenta comprender lo que aquella voz significa, pero todo a su alrededor es una maraña de imágenes desubicadas, de sensaciones que no acaba de interpretar, de emociones que no sabe si le pertenecen.
La voz continúa guiándola:
—¿Recuerdas qué elegiste?
Ella canaliza los rayos que calientan la pradera y una noche de luna llena reflejada en el océano.
Una de las visiones que se repiten desde hace mucho es un recuerdo; Antes de nacer, ella vio el planeta más azul y vivo de todos los planetas del universo y, entre todos los lugares hermosos que observaba desde allá arriba, eligió el Gran Bosque aquí abajo.
Había… hay algo hipnótico en él…
Todo cobra sentido.
El pálpito en su pecho es tan atronador que ya no distingue si nace de su interior o del propio centro del cosmos.
—La Tierra —susurra—. Decidí vivir aquí y, entre todos los paisajes esplendorosos, elegí el Gran Bosque.
—¿Quién vive en ese bosque?
La entonación de la Luna es sutil, casi imperceptible.
Y ese susurro lleva un nombre que todavía no puede escuchar, pero sí sabe que, a partir de aquel instante, la joven ya no volverá a ser alguien sin nombre, ni se sentirá perdida nunca más.
Ese último pensamiento le trae de vuelta al pico de la montaña del Gran Bosque.
La crisálida luminosa se ha transformado en día para permitir que la historia de dos amores eternos y antagónicos, se repite una vez más.
Pero esta vez, a diferencia de aquel eclipse ancestral que hablaba de inicios, éste habla de revelación.
Poco a poco ella siente el abrazo inmenso de la luna como si fuera el propio Sol y el cielo se inunda de oscuridad.
Percibe la cadencia de un latido: bum-bum.
El sonido acompaña sus pasos hasta que traspasa el eclipse.
Allí se reencuentra con la crisálida. Camina a través de todas sus estrellas agrupadas hasta alejarse a la magnificencia del universo negro.
Se siente etérea, vibrando como si formara parte del universo, levita dentro del cosmos y se acerca cada vez más a una única estrella lejana y brillante.
Es algo hipnótico.
Necesita llegar a ella y, cuando sus manos rozan su luz, la joven se desvanece en las entrañas de aquel astro para convertirse en emoción y luz.
Escucha su nombre por primera vez en la voz de su madre.
—¡Alya!
La transformación no solo le ha devuelto una identidad, también una procedencia, unas raíces.
III. La Transformación
Ella es Alya, hija del encuentro entre dos naturalezas aparentemente opuestas.
Necesitaba saber qué se siente dentro de una existencia llamada vida: la alegría de ver un nuevo día, escuchar el canto de los pájaros, las caricias amorosas de un ser querido y el dolor inmenso de la despedida.
Pero nunca será solo una mujer.
Ella es Sol y Luna. Es luz y sombra. Es cielo y Tierra. Es estrella y humana.
Vive para siempre y, aun así, eligió la Tierra porque quería experimentar el significado de la mortalidad.
Esa es la razón de poder transitar entre dos mundos.
No ha venido a salvar la Tierra, sino a vivirla, a ser parte de este mundo lleno de humanidad y de esperanza.
Alya mira el horizonte y, por fin, entiende.
La verdadera transformación comienza cuando dejamos de preguntarnos quiénes somos y empezamos a recordar quiénes siempre fuimos.
No existe un héroe que salve al mundo.
Ella viene para recordar a la humanidad el respeto al ritmo divino de la vida.
No se puede vivir dándole la espalda a la naturaleza, a sus leyes, a su regeneración.
Renegar de ella es negar su propia existencia.
Las visiones se disuelven para convertirse en un recuerdo.
El futuro no siempre consiste en avanzar; a veces, consiste en recordar el camino de regreso a casa.
Y es así como Alya inicia una nueva primavera, donde la Tierra comienza a florecer.
La vida humana rompe la crisálida luminosa; deja de arrastrarse como una oruga para volar como mariposa.
Los antiguos remedios vuelven a crecer donde siempre estuvieron: bajo la corteza de los árboles, entre las flores silvestres y en las manos de quienes todavía saben escuchar a la Tierra.
El arte, pilar indestructible del conocimiento, transforma el entorno sin prisa.
El mundo no cambia de golpe; lo hace de a poquitos, en silencio y confiando.
Hoy la luz de alguien disipa la oscuridad de otra persona, y esa persona cambia a otra, y a otra, hasta obrar el milagro colectivo.
Alya ha abierto una ventana en su interior para vislumbrar sin miedo el universo entero durante el resto de su eternidad.
Aquel eclipse antiguo, Sol y Luna engendraron una nueva luz para obrar esta metamorfosis.
—No he venido a guiar a nadie. Solo he recordado el camino —se dijo Alya a sí misma, mirando el eclipse que unía a sus padres de nuevo.
Con una sonrisa serena, observa el vasto mundo a su alrededor.
La luz nunca desapareció; solo la humanidad dejó de mirarla.
—Si mis pasos sirven para que otros encuentren el suyo, entonces habrá merecido la pena mirar al cielo y recordar a dónde pertenezco. _habla al Sol y a la Luna, y el firmamento vuelve a iluminarse por completo.
Ellos le han dejado un mensaje de amor inmenso y, cuando ella, por fin, lo ha recogido, el Sol, orgulloso, aparece de nuevo, esperando lleno de amor el próximo instante fugaz del ocaso, donde la mirada de la Luna volverá a cruzarse con la suya.
Alya, con una sonrisa que ilumina el cielo desde Levante hasta Poniente, junta sus manos sobre su corazón en señal de agradecimiento
Después, deja de mirar arriba para reconocer la magnificencia de la naturaleza que la rodea.
El Gran Bosque, su eterna morada, el único lugar donde puede ser estrella y humana a la vez.
En ese mismo instante, una pequeña semilla empieza a germinar bajo sus pies.
Siente la fuerza sublime de la Tierra: es la humanidad transformándose, latiendo al unísono.
Alya respira profundo, conociendo por fin su verdadera naturaleza.