Antón se queda solo frente al riachuelo, que recobra su transparencia. Se apresura a llenar la calabaza, pero el silencio es interrumpido por un jadeo húmedo. No viene del agua, sino de la tierra. Un arrastrar de garras sobre las hojas muertas resuena con la cadencia de una campana de entierro.
De las sombras del suelo emergen figuras deformes, anfibias, con la piel como cuero podrido. Son los Xacios de tierra. Se mimetizan tan bien con la hojarasca que parecen el propio suelo cobrando vida. Antes de que pueda reaccionar, una mano palmeada y fría roza su tobillo.
La parálisis es instantánea. No es solo física; es el frío gélido de la Santa Compaña filtrándose por sus venas. Siente que la tierra se vuelve líquida, unas arenas movedizas de desesperación que tiran de él hacia las entrañas del bosque. Escucha la procesión de las ánimas, el eco de los que no regresaron. Resuena la voz de la abuela Mariña en su mente:
“Rendirse al miedo es la forma más aterradora del mal”
Antón cierra los ojos. No busca una espada: busca su esencia. Invoca a la Reina Lupa y, de repente, el bosque se llena de recuerdos: el calor del hogar, la risa de Brais, el aroma del pan recién hecho y la seguridad de los brazos de su madre. Esas imágenes son su armadura. Sus lágrimas, calientes y puras, caen sobre el barro y, al tocarlo, las garras de los Xacios se disuelven. El lodo se vuelve tierra firme. Los ojos de los Olleyros se cierran en los árboles y el bosque, por fin, exhala un suspiro de paz.
El filtro de almas ha sido superado.
El umbral de lo invisible
Y entonces lo escucha de nuevo. Un aleteo pesado dispersa los últimos jirones de niebla. El aullido, que antes cortaba el aire como una amenaza, resuena ahora como un latido profundo; un gruñido que hace vibrar la tierra bajo sus pies. El bosque de Freshen ha mudado de piel: el filtro de almas ha quedado atrás y la naturaleza recupera un esplendor antiguo, casi sagrado.
Antón camina, pero ya no arrastra los pies. Algo en su pecho ha empezado a “despertar”, una conexión eléctrica que le indica que el miedo ya no tiene lugar aquí.
Llega a una zona despejada: un llano donde el tiempo parece haberse detenido alrededor de un círculo de piedras ancestrales. Se sitúa en el centro exacto, allí donde el silencio es absoluto. Cierra los ojos y apoya la mano sobre su corazón, sintiendo su ritmo acelerado. Entonces, las visiones regresan.
Ya no son fragmentos rotos. En la oscuridad de sus párpados surge la silueta de un perro colosal con alas que abrazan el viento y unos ojos verdes, intensos como el musgo tras la lluvia. No hay amenaza en ellos; son un ancla, un refugio, la promesa de un hogar que nunca supo que tenía.
Sabe, con una certeza que le recorre los huesos, que la voz que lo arrancó de las garras de la tierra y esa mirada pertenecen al mismo ser.
Abre los ojos. El claro está vacío, bañado por una luz que no parece venir del sol. No hay nadie, pero Antón sonríe por primera vez en su vida con una paz absoluta. Ha dejado de ser una presa para convertirse en un destino.
Se sienta en la piedra central y aguarda. Sabe que el aire pronto se agitará de nuevo. Solo tiene que esperar a que ella aparezca sobre la grupa de la bestia alada.
Ella es la respuesta a todas las preguntas que aún no ha aprendido a formular.
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