Un pequeño relato sobre los que permanecen.
Dicen que cada persona es un pequeño universo.
El mío tiene un sol cálido que acoge al puñado de estrellas que orbitan a su alrededor y que nunca han dejado de acompañarme.
Durante mucho tiempo creí que aquellas luces brillaban con la misma intensidad y transitaban a mi alrededor con idéntica cadencia. Pensé que algún día dejarían de acompañarme y se apagarían poquito a poco, hasta desaparecer en las profundidades del universo.
Pero la vida me mostró cuán equivocada estaba.
Las estrellas más cercanas a mi sol eran mucho más que luces inmensas iluminando mi camino. Eran mundos enteros, con luz propia, tan unidos a mi esencia que dejaron en mí una parte de cuanto fueron.
Y aunque ya no pueda verlas, continúo sintiendo su calor.
Te encuentro en mi cielo luminoso, a ti, el hombre con quien compartí tantos amaneceres. Te has convertido en mi estrella Polar. Y, como el navegante que encuentra el norte en mitad de la oscuridad del océano, me aferro a la guía de tu estela.
A vosotros os reconozco como las dos constelaciones que me dieron la vida.
Mi estrella más especial, Nashira. Fuiste la primera en marcharte, pero nunca dejaste de brillar. Te siento allá, en la inmensidad del firmamento, vigilante y siempre presente. Tú, mi madre, que incluso desde tan lejos consigues que todo encuentre su lugar.
Y tú, anclado en Aldebarán, papá, nunca te rindes. Tu ojo rojo y brillante parece titilar entre todas las luces para recordarme que yo tampoco debo doblegarme.
Tres presencias distintas, tres maneras de amar, tres pedazos de mi historia que conforman quién soy.
Y más allá, un poco más apartadas, pero siempre conmigo, otras estrellas recorren sus propios caminos. También las guardo con amor en algún rincón de mi memoria. A ti, abuela, y a vosotros, mis tíos, cuyos recuerdos todavía me reconfortan. A veces parecen luces lejanas, pero basta un recuerdo inesperado de mi niñez para traerlos de vuelta y hacer que todo vuelva a iluminarse a mi alrededor, como entonces.
He aprendido a vivir con un cielo diferente.
Ya no puedo buscar sus manos, escuchar sus voces ni contarles las pequeñas cosas que me ocurren cada día. Sin embargo, siempre están. A veces los encuentro en un gesto de mis hijos, en una palabra que me resulta familiar o en una enseñanza que aparece cuando más la necesito. Me acompañan cuando sonrío sin motivo o cuando la piel se me eriza ante un recuerdo tan nítido que hasta puedo volver a sentir su aroma.
Quizá eso sea vivir en plenitud después de la pérdida: descubrir que mis estrellas no desaparecen ni se desvanecen en el cielo infinito. Simplemente cambian de lugar, encuentran otros caminos para iluminar el mío y aprenden a hablarnos en un idioma hecho de recuerdos, intuiciones y silencios.
Porque hay luces que no necesitan que nadie las explique. Basta con mirarlas para saber a quién pertenecen.
Así mañana, cuando mire al cielo, no contaré las estrellas que faltan. Miraré las que me acompañan. Y, con una gran sonrisa, me llenaré de amor y canciones para gritar al cielo:
—¡Hola, mi amor! Mi estrella Polar, sigue meciéndome entre tus brazos hasta que volvamos a encontrarnos.
—¿Qué tal estás, mi tozudo Aldebarán? No dejes de mirarme, porque yo sigo viéndote.
—Y tú, mi Nashira, mi pérdida más tremenda, sigue brillando con fuerza. Déjame sentirte en lo más profundo de mi corazón.
A vosotros, mis seres de luz, os quiero con todo mi ser.
Mi universo sigue girando, lleno de amor,
continuáis orbitando en mis sueños.
Y es que, aunque algunas luces hayan dejado de brillar ante mis ojos,
siguen iluminando mi firmamento.
Porque no os habéis ido,
tan solo habéis cambiado de lugar.
