libro del poema cante jondo.

Mi Reseña. Poema del Cante Jondo

Baladilla de los tres ríos

Cada cambio de estación me lleva a reorganizar mis rutinas de una manera un tanto irracional.

Por ejemplo, he dado la bienvenida al otoño recolocando cajones olvidados y, como en otras ocasiones, siempre descubro algún tesoro que me alegra el corazón.

Esta vez me he topado con un ejemplar de Poema del cante jondo, de Federico García Lorca, editado en 1957 en Buenos Aires por la Editorial Losada.

Es una verdadera joya. Cuando abres sus hojas, te adentras en el aroma del pasado y en las miradas de quienes recorrieron esos versos, dejando su impronta en cada una de estas páginas, hoy amarillentas.

Me ha conmovido no solo por la riqueza de la obra del poeta, sino porque imagino a mi padre, hace casi setenta años, recitando estos poemas en voz alta, descubriendo la riqueza oculta tras cada metáfora y la musicalidad que Federico García Lorca imprimió en sus versos.

Quizá sea esa imagen, tanto como la propia obra, la que convierte este ejemplar en un tesoro para mí.

El vínculo entre Lorca y el cante jondo fue mucho más que una afinidad artística. Su interés por las raíces musicales de Andalucía le llevó a explorar, a través de la poesía, la hondura emocional de este género. En 1922, junto a Manuel de Falla y otros artistas, participó en la organización del célebre Concurso de Cante Jondo de Granada. Poema del cante jondo, escrito fundamentalmente en 1921 y publicado en 1931, forma parte de esa búsqueda de las raíces musicales y emocionales de Andalucía.

La obra ha seguido encontrando nuevas voces y formas de expresión a lo largo del tiempo, en interpretaciones musicales y propuestas escénicas que mantienen vivo ese diálogo entre poesía y música.

No quiero extenderme en exceso. Tan solo daros algunas pinceladas para que disfrutéis mucho más de este poema, que abre las puertas al universo de Poema del cante jondo.

La Baladilla de los tres ríos no solo es el primer poema que nos introduce en la atmósfera emocional del libro, sino que nos sitúa en el paisaje andaluz a través de dos ciudades: Sevilla y Granada.

Lorca construye el poema sobre el contraste entre ambas, representadas por sus ríos.

  • Sevilla y el Guadalquivir. El gran río aparece rodeado de naranjos y olivos, con barcos de vela y un camino abierto hacia el mar. Representa la amplitud, el movimiento y la posibilidad de partir, una Andalucía que se abre al horizonte.
  • Granada y el Darro y el Genil. Sus ríos se asocian al llanto, a la sangre, a los suspiros y a unas torres que parecen detenidas en el tiempo. Representan una Andalucía más íntima y melancólica, recogida en una belleza donde también habita la tristeza.

Pero el paisaje no es más que una parte de lo que Lorca nos invita a sentir.

Entre las imágenes de los ríos aparecen dos estribillos que, para mí, constituyen la clave emocional del poema.

Su repetición marca una cadencia que recuerda a la queja del cante flamenco, como si una voz volviera una y otra vez sobre una ausencia que no consigue resolver.

Estribillo 1

¡Ay, amor, que se fue y no vino!

Estribillo 2

¡Ay, amor, que se fue por el aire!

Es el deseo que no se cumple, la espera que no obtiene respuesta.

Alguien se ha marchado y no ha regresado.

El sentimiento encuentra su reflejo en los ríos granadinos, que en el poema parecen arrastrar una pena que no encuentra salida.

 

Aquí la ausencia adquiere otro matiz.

Lo que se ha ido parece desvanecerse, escapar de nuestras manos, convertirse en algo inalcanzable.

El aire evoca aquello que no podemos retener y que, sin embargo, sigue presente en nuestra memoria.

Los dos estribillos se alternan a lo largo del poema como dos formas de nombrar una misma herida: la de aquello que se pierde y no regresa, o que se aleja hasta volverse intangible.

Me llama especialmente la atención la aparición del fuego en unos versos donde el agua parecía ser la gran protagonista:

¡Quién dirá que el agua lleva
un fuego fatuo de gritos!

No es un fuego que podamos tocar,

sino una aparición fugaz,

algo que parece surgir y desvanecerse.

El agua, que asociamos a la vida y al movimiento,

transporta aquí algo que no podemos ver directamente:

Gritos.

De pronto, el paisaje deja de ser una estampa andaluza para convertirse en un espacio cargado de emoción, como si el dolor permaneciera oculto bajo la superficie y solo por un instante encontrara la manera de manifestarse.

Y es entonces cuando empiezo a preguntarme qué esconden esos ríos, por qué el amor se marcha y no regresa y qué hace ese fuego fatuo entre las aguas.

Quizá esa sea una de las mayores riquezas de este poema: no creo que exista una única explicación capaz de agotar todo lo que Lorca nos cuenta en estos versos.

Su fuerza reside, precisamente, en esa convivencia de elementos que parecen contradecirse: agua y fuego, silencio y grito, presencia y ausencia.

Imágenes que se entrelazan sin llegar a resolver del todo su misterio y que permiten que cada lector encuentre en ellas su propia emoción.

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Porque, a veces, comprender un poema no significa desentrañar todos sus secretos, sino aprender a mirar lo que antes solo habíamos escuchado.

Ahora que hemos recorrido algunos de los símbolos que habitan estos versos, os invito a leer el poema despacio. 

Quizá, después de este recorrido, los ríos ya no sean solamente ríos. Tal vez también encontréis en ellos caminos, recuerdos, ausencias y sentimientos que os pertenecen.

Porque, detrás de la musicalidad de Lorca, hay algo que podemos llegar a sentir como nuestro.



libro del poema cante jondo.

Baladilla de los tres ríos

(A Salvador Quintero )

 

 

El río Guadalquivir

va entre naranjos y olivos.

Los dos ríos de Granada

bajan de la nieve al trigo.

 

¡Ay, amor

que se fue y no vino!

 

El río Guadalquivir

tiene las barbas granates.

Los dos ríos de Granada,

uno llanto y otro sangre.

 

¡Ay, amor

que se fue por el aire!

 

Para los barcos de vela

Sevilla tiene un camino;

por el agua de Granada

sólo reman los suspiros.

 

¡Ay, amor

que se fue y no vino!



Guadalquivir, alta torre

y viento en los naranjales.

Dauro y Genil, torrecillas

muertas sobre los estanques.

 

¡Ay, amor

que se fue por el aire!

 

¡Quién dirá que el agua lleva

un fuego fatuo de gritos!

 

¡Ay, amor

que se fué y no vino!

 

Lleva azahar, lleva olivas,

Andalucía, a tus mares.

 

¡Ay amor

que se fue por el aire!

De los Versos a los Fogones

Lorca nos ha llevado de Sevilla a Granada siguiendo el curso de sus ríos. Y, como en Historias entre Fogones las palabras también nos conducen a la cocina, quiero completar este pequeño viaje por Andalucía con dos de sus sabores.

Desde Sevilla, El Serranito, uno de los bocadillos más emblemáticos de su cultura del tapeo.

Desde Granada, Los Piononos de Santa Fe, una pequeña joya de la repostería granadina.

Dos ciudades, dos tradiciones y dos maneras de prolongar, desde los fogones, el viaje que hoy hemos hecho a través de la poesía.

La Mirada de mis Reseñas:

Leer, sentir, compartir.

La curiosidad y la honestidad nos ayudan a distinguir entre lo que sabemos y lo que sentimos.

Esa es la esencia de mis reseñas personales: mi único propósito es compartir lo que despierta en mí cada lectura y ofrecer a quienes me leen algunas claves para que descubran sus propias emociones.

Porque cada lectura es también una manera de mirar el mundo.

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