Aquí estoy, otro 8 de agosto.
Y ya son cuatro.
Este año, mi mente vuela hacia ti de otra manera, con otros pensamientos.
No es que haya dejado de echarte de menos; es imposible olvidar tu peculiar manera de dejar huella en mi corazón. Estás en la risa que me provocan las imitaciones de tu nieto, que a veces creo que está poseído por ti. Me apareces cada vez que abro uno de tus cuadernos cuadriculados para leer tus poemas. Os veo a tu inspiración y a ti escribiendo trazos de emociones, estrofas que captan la prisa o la pausa de tu mente despierta.
Y, mientras releía uno de esos cuadernos, me sorprendió un detalle que durante cuatro años había pasado completamente desapercibido: la fecha en la que te fuiste, 8-8-2022, tiene algo profundamente singular..
Aunque no sé nada de numerología, siento que cada uno de estos números pares intenta comunicarse conmigo de una manera abrumadora. Es justo ahora, en el cuarto año de tu muerte, cuando de pronto me surgen estas respuestas. ¿Es casualidad? Estoy muy segura de que no.
Siento que ha llegado la hora de abrir esa puerta. Si la llave es esta secuencia de números, estoy preparada para cruzarla. Hoy te abrazo para entrar en ese espacio donde el vínculo ya no necesita presencia física para existir. Y, al hacerlo, descubro que los huecos oscuros que aún permanecían entreabiertos empiezan, por fin, a cerrarse. Como si me susurraras que ha llegado el momento de sanar lo que todavía dolía
Bajo esta fecha inundada de pares, te siento viento a mi alrededor.
Eres la Rosa de los Vientos descendiendo desde las montañas del norte. Primero llegas como tramontana, frío y limpio, uniendo cielo y tierra. Después te vuelves ostro, cálido y envolvente, como si atravesaras toda la brújula para recordarme que el amor también cambia de temperatura sin dejar de ser el mismo.
Ahora que te has transformado en la trinidad del dos (2022), traes contigo la dualidad de estar aquí como un vínculo puro de amor. Es la metáfora de los espejos: sé que sigues vivo porque soy tu reflejo en este mundo, siguiendo tu huella y aprendiendo a sentir a través de las palabras. Siento la necesidad imperiosa de conectar alma con alma, pero ya no eres terrenal, eres la Rosa de los Vientos y sigues fluyendo hacia la suma de todas tus cifras.
Te precipitas hacia el sol para volver a ser viento de Levante. Allá, la suma de toda tu fecha parece empujarte hacia una arquitectura invisible. Como si cada cifra hubiera colocado un ladrillo de aire para construir un puente entre lo que dejaste, lo que te llevaste y lo que aún sigue creciendo en nosotros.
Te recompones de nuevo para seguir la estela hacia donde se pone el sol convirtiéndote en el viento de Poniente y en tu susurro, deslizas entre las nubes el eco de tus poemas, el aroma de tus platos favoritos.
Así te siento, invisible pero siempre presente.
Estás en el movimiento de las ramas, en el aleteo de las gaviotas, en los veleros que surcan los mares; traspasas mi piel, acaricias mi rostro y transportas las palabras que cuentan mis historias.
En la Tierra, las flores y los campos se marchitan, pero tú, viento planetario, continúas tu viaje descubriendo misterios y verdades.
Te has convertido en la raíz de todo, un principio y un fin desplazándose hacia ese doble infinito que ya es tuyo, y que te devuelve aquí una y otra vez para protegerme eternamente.
Los lugares son intercambiables. Si desaparecen, se sustituyen por otros.
No ocurre así con las almas de los que amamos.
Por esta razón, sé que tu energía no se destruyó; se transformó en una guía constante.
Tu partida no fue una ruptura, sino un puente que nos conecta.
El tiempo en la Tierra es una línea recta que insiste en nacer y morir, pero la vulnerabilidad del ser humano nos hace construir fortalezas en la fragilidad;
Cuatro esquinitas tiene mi cama,
cuatro angelitos que me la guardan…
Una simple cama infantil de madera no resiste ningún peligro real, pero la oración la transforma en un castillo impenetrable. Así, intentamos retener lo efímero para saciar los miedos, la soledad.
Hoy comprendo que esas cuatro paredes de tu ausencia ya no son una cárcel. Se han convertido en el techo que me protege.
No es una casualidad matemática que decidieras mudar tu tinta un ocho de agosto.
Mientras los relojes de la Tierra marcaban aquí, el fin de tu historia, tu alma se transformaba en el elemento que siempre perseguiste para resolver tus dudas existenciales. Porque en tu universo, el tiempo siempre tiene otra forma y se fractura en trocitos de infinitud donde las palabras jamás caducan.
Ya no escribes sobre tus papeles cuadriculados; ahora doblas las páginas del aire y me susurras al oído la inspiración que no te llevaste, recordándome que nuestro vínculo es una estructura eterna que tu ausencia no puede destruir.
Yo, sigo tejiendo un lazo desde tus poemas hasta mis historias, para volver allá donde todo lo que fue, es para siempre.
Hoy, ese viento rompe el telón del más allá y nos regala tus versos:
Nos pasamos nuestra vida
corriendo detrás del tiempo
por intentar detenerlo.
Y se nos va enseguida…
y lo intentamos de nuevo…
¿Es la barrera del tiempo
el telón del más allá?
¿Como para el viento
las montañas de acullás?
– Puede que lo sea, ¡quizá!
¿Hay tiempos en la eternidad?
¿Por qué tiempo se rige el orbe?
¿Terminará en hecatombe
como comenzó el big-bang?
Todo es posible…¡Quizá!
¿Con qué te hubiera sorprendido en este día?
Aunque ya sabías que te esperaba tu tarta de chocolate favorita, hubieras puesto esa cara de sorpresa, como el niño que se emociona cuando le regalan lo que más le gusta en el mundo.
¡Va por ti, Papá!