LOS SECRETOS DEL VIENTO

Fotografía: Rocío Orcera

Villalba. Madrid.


I

La primera vez que le  vimos pasear por la aldea desconfiamos. Aunque su aspecto de juglar extravagante y su caminar tranquilo, que no cansino,  despertaba mucha curiosidad. Paseaba por los campos como si conociera muy bien la comarca,  sabiendo  qué buscar en el siguiente recodo.

 Nosotros, que desde la mañana a la noche programamos cada hora del día, nos perturbó su presencia. El último extraño que nos visitó fue un ahogado que apareció en la playa, probablemente buscando una ruta hacia el continente. Nadie llega hasta aquí si no es por accidente. Desde el aislamiento de la gran guerra, las fronteras han permanecido cerradas y nuestra comarca, aislada del resto del mundo.

Pero él, no parece un vagabundo perdido sin destino alguno. Nadie sabe de dónde procede y cómo ha llegado hasta aquí, pero no hay duda que,  en alguna parte,  tiene un hogar tan extraño como él.

Aquellos días fueron  extraordinarios. Los cielos se cubrieron de nubes, como si algo asombroso estuviera a punto de suceder.

Las noches, en cambio, estaban cuajadas de luces. Una luna, gibosa y menguante, limpiaba el firmamento con  una pátina lechosa. Era hipnótico. Y no podías apartar la mirada hasta formar  parte de aquel esplendor.

En esos días,  las  luciérnagas de neón que iluminaban  las calles, alumbraban  con una claridad más intensa y el aire transportaba una ventisca de estrellas que, mágicamente,  parecía descansar sobre los tejados.

Su presencia nos hizo recordar quiénes éramos y lo que habíamos conseguido en la última década.

 El primer año de la debacle, demolieron el puente que nos comunicaba con el continente y comprendimos que  el aislamiento era permanente. Entonces supimos que  nadie acudiría en nuestra ayuda.

 Hemos permanecido solos desde entonces.

Hasta aquel día en el que él llegó.

II

Recuerdo ese amanecer. Observamos, a muchos metros de distancia una capa luminosa confundiéndose con los primeros rayos del alba. Un halo de azules, naranjas y grises envolvían una silueta.

Caminaba cambiando el peso del cuerpo de un pie al otro, rítmicamente, como un damero saltarín que interpreta una coreografía  al son de alguna melodía secreta. Ese inconfundible paso que emanaba irradiación,  contagió a  la campiña de un nuevo ritmo.

Es cierto que somos autosuficientes, que hemos podido resistir sin ayuda exterior. Pero también, que tantas mentes prácticas centradas en  sobrevivir, evitaron que pensáramos en el futuro.

 Había mucho que construir, las tres aldeas con sus sectores de abastecimientos naturales, caminos para comunicarnos, casas para guarecernos. Nos protegimos como mejor supimos pero olvidamos la reconstrucción de nuestro interior. Nos convertimos en autómatas sin mañana, esclavos de nuestra incertidumbre.

Como nuestros antepasados, recogíamos lo que la madre naturaleza nos proporcionaba, conviviendo, cuidando nuestros campos y  animales, en total armonía pero encerrados con nuestros propios miedos. Sin posibilidad de adivinar lo que estaba pasando fuera, en el ambiente se generaba indignación y culpa.

III

 Pero su presencia abrió una ventana de aire fresco. El anuncio del nuevo habitante  se extendió rápidamente por toda la comarca. Era como recuperar  a los trovadores de la Edad Media. Su sombrero azul de cinco picos que ocultaba su cara, parecía cambiar de tonalidad, a veces parecía de un azul cielo casi blanco y otras se nos antojaba de un intenso azul cobalto. Los cascabeles que pendían en sus esquinas tintineaban al son de sus pasos  tranquilos y certeros. Las campanillas de sus cinco picos parecían convertirse en un pentagrama creando una melodía. Y esa armonía traía una historia, predecía un futuro, descubría un pasado o aconsejaba un presente.

Necesitábamos respuestas pero él no respondía a nuestras preguntas, sino que adivinaba nuestras necesidades más profundas.

Cada nuevo ritmo impregnaba a  un alma de aquello que necesitaba. Dio a nuestras vidas un propósito.

 El cielo cambiante era testigo de ello.

Allá arriba existe un lenguaje mezclado de emociones. Un cúmulo de momentos infinitos escrito con pensamientos y sonidos, como las páginas de inagotables libros. Su lenguaje premonitorio era un misterio para todos, excepto para el trovador  que interpretaba los secretos transportados en los sonidos del viento.

Un mismo cielo con distintas emociones. A veces salpicado de nubes de algodón o agrupándose en atornasolados regalices de fresa. Invernales amaneceres cubiertos de oscuridad o filamentos alargados y  sinuosos que parecen pintar los atardeceres  de brochazos níveos.  

IV

La cuarta noche, las tonalidades de sus vestiduras se llenaron de opacidad  y su gorro se tiñó  de  azul negruzco y al despertar aquel día,  el cielo se pintó de claro oscuros y la comarca se llenó de sombras.

Era el presagio  de una naturaleza, cruel e insensible,  mostrándonos su lado oscuro, ideando una  nueva forma de destruirnos. El enemigo acechaba de nuevo y la oscuridad flotaba en el aire. Reconocíamos su presencia de nuevo. Volvía para saciar su hambre.  

Se introducía en el interior, consumiéndote con odio, envidia y violencia. Envenenando mente y  cuerpo. Como las semillas que vuelan de una flor a la siguiente creando vida, el monstruo planeaba de cuerpo en cuerpo,  alimentándose de caos y muerte.

Entonces sentimos el hedor de la podredumbre y  escuchamos la voz grave de las entrañas de la tierra que se solapaba con la luminosidad del trovador:

¿Por qué has vuelto? – preguntó el trovador.

Ya no me queda nadie más que ellos para alimentarme- contestó la voz

Aquí han permanecido, alejados de tus maldades, conviviendo con mi madre naturaleza. Somos agradecidos y somos sus protectores. Ellos son la luz que duerme a la sombra. Tienen el gen de la libertad y están en este mundo para reconstruirlo – respondió el trovador.

Entonces ¿qué me estás pidiendo?- sonó la voz grave y fría.

La vida, con eso me basta. – contestó Aquitano.

¿Quién te crees que eres?- gritó la voz mientras las tinieblas inundaban la campiña

Soy quien vive eternamente. Me llaman Aquitano. Y ha llegado el momento de volver a tu purgatorio.

Y mientras desvelaba su naturaleza, el cuerpo desprendió  una luz cegadora que se hizo más y más grande, hasta absorber toda la sombra.

atardecer mágico

V

Nosotros, no solo éramos testigos de aquel milagro, sino que formábamos parte de él. Aquel destello  nos dotó de conocimientos universales. Toda la sabiduría guardada tras las nubes. Toda la verdad que descansaba en el fondo de  los  dos mares, el  por qué la comarca estaba aislada  del resto de la tierra habitable.

La serenidad y la ira son partes opuestas de un mismo mundo. Nada es malo, ni todo es bueno. Las cosas suceden y, si lo comprendemos, seremos capaces de aceptarlo.

cielo y prado con caballos

La  verdadera naturaleza afloró a nuestras vidas. Asumimos nuestras imperfecciones y nos perdonamos a nosotros mismos. En ese instante, el alma se empapó de energía que se respiraba en el aire. El cielo mostró un sol en todo su esplendor. Ya nunca más se escondería en la opacidad de las nubes.  

Él nos advirtió de su llegada.

Aprendimos a contratacar con sus enseñanzas. Reconocimos las señales y nos protegimos con sus antídotos: El amor al prójimo, confianza en nuestras posibilidades, música en nuestras aldeas,  colores de esperanza en nuestros campos. Y es lo que hicimos, lo que continuamos haciendo.

Y aquel hombre de chanza,  desapareció igual que vino,  sin previo aviso.  Se marchó con la luna llena y se llevó  la muerte encerrada en  las nubes de la mañana. Los naranjos azulados de sus vestiduras se tornaron grises. Su gorro, en cambio, luminosamente blanco, sonó a esperanza y a futuro.

“No busques revancha. No te amargues demasiado. Nadie que haya sembrado el mal cosechará felicidad. El bien es contagioso. Cuando nos tratan con cariño, sentimos la necesidad de hacer el bien.  La alegría  siempre crea vida.”

Hoy todavía, se puede  escuchar su voz melódica que parece confundirse con el viento. El eco de sus palabras, cargado de armonías,  sube por el camino de la colina.

Allí se asienta un pequeño valle que observa una tierra sin vida, destrozada entre los dos mares que nos protegen,  para luego,  serpentear por un rocoso barranco, hasta alcanzar la ruta comercial que une las tres aldeas de la comarca.  Somos el último reducto de vida.

Así es como recordamos al nuevo sol, la luz del renacimiento que trajo una nueva era. Aquitania llamamos a este mundo, en honor al salvador que  nos enseñó  esta dimensión donde reconstruir un futuro mejor, más bondadoso, más natural, mucho más lleno de vida.

Gracias a esta vida, que nos ha concedido una nueva oportunidad.

niña estrellas

Este cuento inspira una receta con sabores intensos: BIENMESABE

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Rocio Orcera fotografía
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Una respuesta a “LOS SECRETOS DEL VIENTO”

  1. Maravilloso, esperanzador.

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