El peso de la sombra
La niebla hoy es más densa que nunca. Traspasa las ropas y empapa la piel como un tatuaje tétrico. En el cementerio no se escuchan llantos ni consuelos; la aldea simplemente acepta la presencia errante de la muerte.
El entierro de Brais no es un final normal. La sombra del peregrino ha succionado el espíritu de mi amigo, pero su ataúd de roble pesa toneladas, no por el cuerpo, sino por el pecado que arrastra la tierra.
Mientras lo bajan al foso, el silencio se rompe con un chasquido seco: las cuerdas se desatan y el féretro cae en un descenso libre. El golpe sordo contra el fondo nos pone la carne de gallina. Es una señal. Las tinieblas ya han reclamado su propiedad.
Mi abuela Mariña, susurradora de la leyenda, proclama con voz gélida:
—Nuestros abuelos cerraron los ojos a la Luz y ahora la Oscuridad reclama sus cuencas vacías.
Siento un escalofrío. Hace semanas, este decreto era tan solo la leyenda de los ancianos.
Hoy sé que todo es real.
En lugar de Brais, podría ser yo quien estuviera ahí abajo…
Encuentro en la vereda
Parece una eternidad desde que Brais y yo jugábamos en la huerta seca con Payo, mi fiel perro y amigo inseparable.
De pronto, el animal se paralizó. Un aullido que no parecía de este mundo rasgó el aire y una bruma repentina nos envolvió. Se apoderó de mí un terror instintivo que no puedo explicar y corrí sin mirar atrás. Al atravesar la bruma, estaba solo.
Esperé y esperé. Tras lo que pareció una eternidad, Payo surgió de la nada.
Continué allí, aguardando a mi amigo… pero Brais no volvió.
Durante una semana, la aldea le buscó sin descanso.
Yo regresaba cada día al lugar de la desaparición, hasta que aquel horror se repitió.
El perro recula. Los pequeños mordiscos advierten del peligro y, de nuevo, aquel aullido que se clava en el alma, seguido del olor a podredumbre creciendo con la bruma. El sonido metálico y aterrador de una campana lejana se ha apoderado del lugar.
Conozco lo que esconde aquella niebla. No es vapor: es un manto de ánimas, la marcial procesión de la Santa Compaña anunciando su llegada.
Tón… tón… Siento muy cerca el timbre seco y lúgubre.
He escuchado la leyenda de la abuela cientos de veces. Conozco bien la teoría.
Busco una rama seca, pero mis pies parecen de plomo, hundiéndose en las profundidades de la tierra. Tengo que hacer un esfuerzo indescriptible, obligando a mi cuerpo a moverse y, por fin, trazar el círculo de protección en el suelo. El aire se vuelve irrespirable.
Abrazo a mi perro con fuerza y rezo el Ave María una y otra vez. El intenso olor a tierra húmeda, estancada, y a castaños podridos anuncia la espeluznante procesión.
Continuará….
No te pierdas la parte 2 el 27 de Marzo.