Procesión nocturna entre niebla con velas apagadas en la oscuridad, evocando la Santa Compaña y la “sombra del vivo”.

La maldición de la sombra del vivo -Parte 2-

La muerte viva

La Santa Compaña no es ruidosa. Su horror radica en su marcialidad silenciosa. La comitiva está encabezada por “la sombra del vivo” . Le siguen pies descalzos, marcando un mismo paso disonante. 

Siento un frío helador y un miedo paralizante al paso de aquellas figuras encapuchadas. De pronto se levanta un extraño viento lluvioso pero las velas que portan no se apagan ni tampoco iluminan la monstruosa oscuridad.

Aquella luz mortecina pasa por mi lado y unas caras sin rostro me miran. Es aterrador. Abrazado a Payo, no puedo dejar de repetir la plegaria: ” Ave María Purísima, sin pecado concebida…” 

Y de pronto, mi corazón se paraliza al reconocer al “vivo” que encabeza la procesión. Es Brais, extremadamente pálido y delgado. Le obligan a cargar con la cruz y el caldero de agua maldita, mientras la procesión «bebe» lo que le queda de vida. Nuestros ojos se cruzan un instante. Y se me escapa un grito silencioso que se me atasca en la garganta como un nudo de ceniza. Sus cuencas vacías suplican un final que no llega. 

Mi amigo se disipa con la niebla, el viento y  La Santa Compaña. 

Y el sol aparece de nuevo.

Dos días después, encontraron su cuerpo. Pero en esta tierra, la muerte no siempre significa descanso.

He presenciado la verdad y ahora, ante la tumba abierta no tengo dudas. Brais se ha convertido en una «sombra perenne». Su alma repetirá eternamente el camino de aquella noche, viendo cómo sus padres envejecen sin poder tocarlos.

El cementerio se vacía sin hacer ruido. 

Solo quedamos la abuela Mariña y yo. Y el perro, que observa la profundidad del agujero como si viera el destino de su compañero de juegos.

La visión

Se acerca la medianoche. Es el momento de realizar el ritual de amparo, porque la Sombra del Peregrino no se conformará con un solo alma.

La abuela y yo nos dirigimos a la hoguera que han avivado los aldeanos. La fogata no sólo desprende calor, sino el aroma amargo del brebaje de la abuela Mariña. 

Uno a uno, los vecinos beben y reciben la cruz de ceniza en la frente. Para ellos es protección; para mí, la ceniza es un bozal que silencia las palabras de los vivos.

Este ritual se repite a lo largo de generaciones, pero  no es suficiente para deshacer la maldición.

Observo cómo el aire asfixia sus rezos.

Donde debería escuchar plegarias, veo unos hilos grises y traslúcidos brotando de sus gargantas, enredándose en el ambiente como parásitos invisibles que se alimentan de su miedo y siento un rechazo físico a la resignación de la aldea.

La abuela Mariña se detiene, clava sus ojos en los míos y, por primera vez, estoy seguro que no ve a un niño asustado.  

—Prepárate, Antón. Acabas de ver algo que ningún hombre de nuestra estirpe debería ver —me susurra al oído con un aliento que huele a magia antigua—. Esta noche, la valla dejará de ser una frontera para convertirse en tu destino. El séptimo eslabón de la cadena está a punto de manifestarse.

Continuará…

No te pierdas el desenlace el 30 de Marzo.

0 0 Votos
Valoración.
Subscribirse
Avisar de
0 Comentarios
Respuestas en línea.
Ver todos los comentarios