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ALBOR, PRIMERA LUZ DEL AMANECER

Me despierto con un nudo en el estómago y el corazón palpitando como un caballo al galope.

Tras unos minutos conectando con mi realidad, el nudo desaparece. El corazón se calma.

Y afronto un nuevo día como si aquella angustiosa sensación nunca hubiera ocurrido.

Estas mañanas se repiten desde hace tanto tiempo que se han convertido en algo normal como tomarme mi café mientras observo los primeros rayos del sol emerger detrás de las montañas.

El valle en el que vivo es un regalo de la naturaleza. Cada noche contemplo el cielo estrellado y cuento las estrellas fugaces que cruzan mi ventana hasta quedarme dormida.

Me proporciona todo lo que necesito. El huerto, gracias a sus aguas cálidas, produce hortalizas durante todo el año. En el bosque hay leña suficiente para la chimenea y el fogón donde cocino lo que me ofrece la madre tierra.

Y están ellos.

Mis queridos animales,

 mis mejores amigos,

una compañía que no cambiaría por nada.

Las gallinas ponen los huevos que necesito cada mañana; las ovejas, las cabras y la vaca me dan leche para alimentarme y elaborar mis quesos.

Y Luna, mi yegua.

No puedo explicar con palabras el vínculo que nos une. No hay imposiciones. Sencillamente, cabalgo sobre su grupa y somos uno.

Cada día recorremos la pradera, el valle y el bosque junto a Júpiter, el lobo blanco.

Júpiter siempre va un paso por delante, atento a cualquier movimiento extraño. Cuando apoya su hocico sobre mis manos siento que todo está bien.

Casi siempre nos acompaña Astra, mi gata más especial. Es protectora e intuitiva. Nos basta una mirada o una caricia para conectar nuestros pensamientos.

El resto de gatos y perros descansan, juegan y vigilan a partes iguales.

Luna desapareció una mañana en el bosque y no volvió a casa. Júpiter, Astra y yo la buscamos desesperadamente pero no encontramos ni rastro de ella.

Al atardecer del cuarto día apareció como si nada hubiera ocurrido.

No entendimos su desaparición hasta casi once meses después, cuando nació un precioso potrillo.

Entonces Luna relinchó de una manera distinta.

De la frondosidad del bosque apareció un imponente caballo negro azabache. Trotaba con sus largas crines al viento. Cruzó la pradera con paso orgulloso hasta el establo. Al ver a Platero por primera vez, sus ojos ámbar se tornaron vidriosos.

Desde entonces no se ha separado de la yegua y el potro.

Creo que este animal salvaje ha sacrificado parte de su independencia por amor a Luna y al pequeño Platero. No sabemos quién es ni de dónde viene.

Es libre.

Aparece y desaparece.

Su identidad solo la conoce el viento, y así debe seguir.

De vez en cuando, Luna y él se adentran durante horas en la frondosidad del bosque. Ya no me preocupo. A veces vuelve ella sola; otras, reaparecen juntos, acariciándose las crines mientras galopan por la pradera en busca de Platero, que juega feliz con los demás.

Puedo sentir en mi piel la armonía que rodea este lugar.

Y si os lo estáis preguntando, tenéis razón: no hay ningún otro humano compartiendo estas rutinas.

No los echo de menos.

Tampoco los necesito.

En este valle me ha ocurrido algo fascinante: lo que me rodea ha pasado a formar parte de mí.

Ahora comprendo algo que nunca había entendido: aquí todos somos diferentes.

Y esa diferencia no es separación.

Es precisamente la que nos mantiene unidos.

Yo no soy como ellos y ellos no son como yo.

Nadie intenta cambiar al otro.

Luna es libre…

Júpiter…

Astra…

Y el caballo negro…

Nadie intenta atraparlo ni convertirlo en aquello que no es para pertenecer al valle.

Quizá por eso me gusta observarlo.

Hay algo en su naturaleza salvaje que me resulta familiar.

Durante mucho tiempo creí que ser diferente significaba estar fuera.

La que no encaja.

La que no pertenece.

La que debe esconder su esencia para ser aceptada.

Hasta que comprendí que nunca tuve el control de cómo me percibían los demás.

Solo podía decidir qué hacer con esa mirada que dejaron dentro de mí.

Aquí nadie juzga ni excluye. Aprendemos unos de otros y nos complementamos.

Quizá por eso todo parece hablar sin necesidad de palabras.

Un día me descubro mirando el río durante mucho tiempo.

El agua rodea las piedras y continúa su camino.

Y entiendo que también yo puedo dejarme llevar por la corriente sin luchar contra ella.

Pienso en mis propios recuerdos.

He intentado enterrarlos demasiado tiempo, como si al no mirarlos pudieran desaparecer.

Pero las voces siguen ahí cuando duermo.

Las que me dicen quién puedo y quién no puedo ser.

Las que me hacen sentir culpable de existir.

Las que me aíslan.

Las que me aíslan.

Poco a poco se disipan. Escucho el eco de aquellas pesadillas, cada vez menos frecuentes.

Y así como viví el infierno de otros, ahora mis sueños comienzan a ser más serenos.

Porque ya no lucho contra mí misma.

Entonces comprendo que este valle no me ha traído hasta aquí para que olvide.

Quizá me ha traído para que pueda mirar con los ojos cerrados.

Y todo sucede de nuevo.

Los que me ignoraron.

Los que me juzgaron.

Los que me torturaron hasta la muerte.

Pero esta vez no huyo.

Veo sus rostros sin sentirme atrapada en aquel momento.

Esta vez no los justifico ni intento comprenderlos.

Ocurrió.

Y nada puede cambiarlo.

Entonces formulo la pregunta que nunca antes me atreví a hacer:

¿Por qué sigo llevando conmigo aquello que me hicieron?

No hay respuesta.

Solo silencio.

Y poco a poco lo comprendo.

Ellos desaparecieron hace mucho tiempo, pero yo les he permitido continuar vivos dentro de mí.

A través de la ira.

Del odio.

De la impotencia.

Del dolor.

Quizá perdonar no sea olvidar.

Sea no entregarles un lugar en mí.

Astra presiona sus patitas sobre mi pecho.

Ella tiene razón.

Sonrío a mi gata.

Por primera vez soy capaz de perdonarme para seguir adelante.

Todo sigue igual.

La pradera, el río, los árboles meciéndose con el viento.

Luna está a mi lado.

Júpiter duerme bajo el olmo.

Astra me observa desde una rama.

Y yo continúo mirando hacia el bosque, esperando ver al caballo negro.

Nada ha cambiado.

Y, sin embargo, yo ya no estoy en el mismo lugar.

El valle ya no tiene horizonte.

Todo es espacio infinito.

Y yo también comienzo a sentirme así.

Acojo la oscuridad como a un huésped extraño.

Está ahí.

La reconozco.

Pero ya no soy ella.

Puedo observarla sin dejar que me gobierne.

Y por fin la dejo ir.

Simplemente discurre delante de mí y se aleja hacia el olvido.

Luna está a mi lado.

Me espera.

Como siempre.

Subo a su grupa y comenzamos nuestro paseo.

Al paso.

Al trote.

Finalmente, al galope.

El viento golpea nuestros rostros, tan distintos, tan iguales.

Ella corre y yo con ella.

Simplemente porque sí.

A nuestro alrededor, el valle parece despertar.

Los pájaros anuncian la mañana.

Júpiter nos sigue.

Astra me observa desde su lugar favorito.

Y, desde el límite del bosque, aparece durante unos instantes el caballo negro.

Libre.

Salvaje.

Diferente.

Luna parece sonreírle, pero continúa galopando conmigo.

Y yo me dejo llevar.

Entonces siento algo que no puedo explicar.

Pequeños destellos aparecen mientras el mundo pasa a nuestro alrededor.

Quizá sean respuestas.

Quizá sea simplemente la vida que todavía queda en mí.

 

No necesito saberlo.

A lo lejos, detrás de las montañas, una claridad comienza a abrirse paso entre la oscuridad.

Primero sobre las cumbres.

Después sobre los árboles.

Sobre el río.

Sobre la pradera.

Hasta alcanzar mi rostro.

Y entonces comprendo que la oscuridad siempre estará ahí.

Pero ya no me gobierna.

Ahora me reconozco en el albor de la primera luz del amanecer.

Quizá algún día aparezca alguien entre los árboles.

Alguien que sepa convivir con la otredad sin convertirla en una frontera.

Que pueda pertenecer sin dejar de ser libre.

Como el caballo negro.

Pase lo que pase, ya no necesito esperar.

El valle ya no es el lugar donde me escondo del mundo.

Es el lugar donde sigo cabalgando…

Hacia la luz.

FIN
albor

Este relato me inspira un plato que transforma sus ingredientes  sin perder la identidad, Tiramisú

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