¿Cómo será mi cielo?
No será un lugar.
Tampoco estarán allí las metas que no alcancé ni los sueños que nunca llegaron a materializarse.
Imagino mi cielo como un espacio hecho de vínculos luminosos y de emociones que he ido guardando, poco a poco, en el fondo de mi corazón.
Llevaré conmigo el amor que he sentido y el que he recibido.
Aquellos abrazos que me envolvieron.
Los te quiero imprevisibles, espontáneos, que llegaron cuando menos los esperaba.
Me acompañarán los recuerdos capaces de devolverme a instantes de paz y de calma infinita.
La satisfacción de llegar a la noche respirando amor.
Guardaré también aquel entusiasmo que jamás dejó de sorprenderme:
despertar cada mañana con los rayos de sol filtrándose por mi ventana, descubrir el milagro de los colores tornasolados en cada nuevo atardecer.
El agradecimiento sincero a esta vida que comenzó siguiendo un camino que parecía trazado y que, con el tiempo, terminó reconduciéndose hacia mis propias entrañas, en esa búsqueda incesante del equilibrio entre mi verdadera felicidad y mi propósito.
En mi cielo conservaré ese pálpito que alguna vez experimenté en fugaces instantes de felicidad completa;
casi imperceptible y, sin embargo, extraordinario.
Mi alma danzará al ritmo de las melodías que siempre habitaron dentro de mí, recordando ese amor profundo unas veces, inesperado otras, que consiguió iluminar tantos momentos de oscuridad.
Porque quizá, después de más de seis décadas de camino, he comprendido que la vida no consiste tanto en hacer balance de lo que conseguimos como en reconocer aquello que, al mirar atrás, sabemos que queremos llevarnos.
Será la memoria de mi alma.
Una infinita caja de sorpresas donde atesoraré todo aquello que mereció la pena.
El lugar donde guardaré las emociones de un corazón desbocado: las risas infantiles llenas de ternura, el sobresalto del tacto de unos labios, la calidez de unas pequeñas manos apretando las mías…
Un inventario de emociones, no de logros.
Y cada una de ellas formará mi cielo.
Pero, de momento, mi cielo puede esperar.
Porque todavía quiero respirar profundamente para agradecer que los atardeceres no dejen de sorprenderme.
Todavía quiero pedirle al universo que este Mediterráneo que me saluda cada día nunca deje de maravillarme.
Que mi imaginación continúe susurrándome vidas e historias.
A estas alturas de mi vida, valoro profundamente lo extraordinario de mis rutinas: llegar satisfecha al anochecer, sentir que he vivido un día más de infinitud y poder rendirme, tranquila, a mis sueños hasta encontrar un nuevo amanecer.
Hace ya tiempo que no confundo el valor de las cosas con su precio.
Y, con humildad, aprendo cada día algo que ayer no sabía.
Porque solo desde la ignorancia podemos olvidar la conexión humana.
Dos manos entrelazadas con muchas otras manos pueden formar una cadena de afectos capaz de frenar hasta las tinieblas más profundas.
Y no olvido, ni por un instante, que cada segundo de la vida es un regalo.
Que, si fuéramos realmente valientes, bailaríamos y cantaríamos de alegría al tomar conciencia de ello.
Porque en este universo eterno apenas somos una invisible gota de energía.
Y, sin embargo…
¿Cómo puede algo tan insignificante llenar el infinito de emociones inalcanzables?
Quizá ese sea el verdadero misterio de la vida.
Ese misterio que nos abraza, que nos sorprende, que a veces nos rompe y otras nos reconstruye.
Ese que, después de todo lo vivido, sigo aprendiendo a mirar con asombro.
Y, probablemente, eso sea mi verdadero cielo:
Todo aquello que fui capaz de sentir.
Lo custodiaré, junto a esas musas que tantas veces han venido a susurrarme vidas e historias, en el espacio más profundo de mi alma.
Para llevarlo conmigo.
Algún día.
Pero no todavía.
Mi cielo puede esperar.
Y si a mi cielo me pudiera llevar aromas y texturas, me llevaría mi Brownie de Chocolate y Nueces
