¡Cómo me gustas!
Me gustas como para comerte entero. Como el sabor a azúcar de caña caramelizada y el aroma del flan de mi madre, que me hacía sentir en casa, segura y a salvo.
Me gustas sin ton ni son.
Me gustas en mis mañanas, pero conforme avanza el día, ese gusto por ti se va convirtiendo en reverencia hasta que llega la noche.
La noche, ausente de ti y confidente contigo.
Es cuando te siento más mío, como si perforaras mi pecho para adentrarte en mi alma.
Y me doy cuenta entonces que me gustas irremediablemente.
Y te siento entre mis sábanas y mis pensamientos como mariposas revoloteando entre mi imaginación y tu risa.
Me preguntas qué hay en ti que tanto me atrae. Y no tengo respuesta.
Eres tú en toda tu esencia.
Es por todo y por nada.
Son tus risas que escucho sin oír, tus susurros que conozco sin hablar, tus abrazos que imagino, tu deseo que percibo.
Y cómo me gusta saber que tú sientes lo mismo.
Es lo que más me gusta, sentirnos el uno del otro, intercambiar las alas, regalarnos sueños, escribir historias de amantes más leales que fieles.
Me gustas cuando me introduces en tus fantasías y me conduces por ese caminar desvergonzado, tan tuyo.
Ahora álgido, después tierno, hasta encontrarme esa sonrisa pícara, perdida en mi memoria.
Entonces intento encontrarte entre mi corazón y mi intimidad intentando comprender esta atracción tan desmesurada como inacabada.
Y me maravilla que tras los juegos inconexos y lascivos, te conozco y me conoces mejor que nada, más que nadie.
Una frase es el nexo para reencontrarnos por dentro y acunar nuestras distancias, encerrar nuestros miedos, sentirnos poderosos.
Compartimos imaginación y pensamientos, confiamos el uno en el otro.
Inconclusos, somos y seremos un sin nombre y quizá un sin esperanza…
Y a pesar de que eres mi ausencia más constante y mi desconocido más íntimo…
¡Cómo me gustas!
No podía compartir ninguna otra receta, inspiración de esta confesión.