No hay vuelta atrás. Antón ha cruzado la valla y el niño que era ha quedado del otro lado, en la seguridad de lo conocido.
Ahora, el bosque le observa. El viento no sopla, sino que susurra palabras ininteligibles entre las copas de los robles centenarios; gigantes que guardan secretos que la mente humana no debería comprender. En el instante en que traspasa la primera línea de árboles, el mundo exterior muere. Los sonidos desaparecen. Freshen no le ataca: simplemente le espera.
Antón se siente desnudo. El frío no es climático, es una garra que le destripa la voluntad. El silencio es tan devastador que parece tener masa; es una oscuridad que se traga los ruidos. Ni siquiera escucha sus propios pasos sobre el manto de hojarasca parda. Solo el latido de su corazón resuena, rítmico y traicionero, como un tambor que guía a la maldad camuflada hacia su posición.
Lleva apenas unos minutos allí dentro, pero siente que está en el epicentro de una pesadilla. No hay sendero. El aire transpirado por los árboles huele a ozono, azufre y tierra mojada, una mezcla que marea los sentidos. La desorientación es tan intensa que le clava los pies al suelo. Intenta buscar señales en los troncos o las piedras, pero el bosque es un espejo infinito: todo es igual, un bucle de madera y sombra.
La niebla, densa y masticable, oculta cualquier rastro de luz. Un cansancio milenario se desploma sobre sus hombros; el hambre y la sed le asaltan como si llevara días de marcha. Al buscar en su zurrón, el corazón le da un vuelco: las reservas para una semana se han esfumado. El vacío del zurrón es el primer aviso.
Y entonces, el bosque despierta.
No es un truco del miedo. El suelo se estremece. Las raíces reptan bajo la alfombra de hojas, emergiendo como serpientes de madera que cambian el paisaje a su antojo. Antón intenta esquivarlas, pero el bosque se pliega sobre sí mismo, acorralándolo.
Entonces lo ve. Cientos de ojos y bocas emergen de la corteza rugosa. Rostros estirados en la bruma, facciones sin cuerpo que brotan de la savia. Son los Olleyros. Su abuela le contaba historias sobre ellos, pero la verdad es un puñal mucho más afilado que cualquier relato.
Antón busca desesperado el norte en las estrellas o el musgo, pero el bosque ha dejado de obedecer a las leyes naturales. El musgo crece hacia arriba, desafiando la gravedad, y las estrellas se transforman en puntos de luz roja que le observan con odio.
Una risa única, amplificada por miles de gargantas de madera, estalla en sus oídos. Es un sonido insoportable, como un bosque entero astillándose dentro de su cráneo. Los Olleyros ríen al unísono con un mensaje claro: nadie regresa.
Antón comete el error de mirar. Sus ojos se encuentran con esas pupilas incoloras que actúan como espejos de sus miedos más profundos. En ellas ve el cadáver de Brais. Ve el cortejo de la Santa Compaña encabezado por su abuela y su madre. Las miradas de los Olleyros no buscan su carne: buscan su espíritu. Le empapan de una culpabilidad espesa, recordándole a cada ser querido que no pudo salvar.
Ese peso se vuelve físico. Sus piernas son ahora barras de plomo. Los Olleyros le vacían, succionando su esperanza hasta dejar solo una cáscara. Mientras la risa retumba como un trueno constante, el aturdimiento le vence. El suelo, que antes era una amenaza, ahora parece reclamar su cuerpo.
Antón cae. El bosque de Freshen está a punto de ganar la primera partida.