El despertar de la sangre
De pronto, mi mundo cambia y yo no soy quien creía.
—Antón, esta visión es la verdad que cargamos desde hace cinco generaciones.
Mariña, la susurradora, aparece ante mí no como la abuela protectora, sino como portadora de secretos y sabiduría.
—Cada vida que la Santa Compaña se lleva es una moneda que la aldea paga por un antiguo error.
Aquella afirmación me provoca en el pecho una vibración.
Entonces, lo que he visto no ha sido una alucinación, sino un don que tan solo poseen las mujeres de mi familia. Hasta ahora.
—Tú eres nuestra esperanza, Antón. El primer hombre que experimenta el despertar…
Entonces, ¿no fue cobardía lo que me salvó de la Santa Compaña, sino la sangre que corre por mis venas?
Mi abuela respira hondo antes de continuar con su revelación:
Hace siglos, las meigas y mouras caminaban entre los hombres. La aldea, cegada por el miedo, levantó una valla para encerrar a estas bellezas inquietantes y su magia. Al hacerlo, solo consiguieron construir su propia cárcel de sombras y oscuridad. Sin su protección, el mundo moría un poco más con cada nueva generación.
Nuestra estirpe no es víctima de aquella maldición. Fuimos los guardianes de sus secretos. Los que podíamos ver a través de sus ojos, los que susurramos su historia convertida en leyenda.
El retorno a lo prohibido
El crepúsculo pinta el cielo de tornasolados violetas.
Me dirijo a la Valla, el límite prohibido donde mueren los valientes. Allí donde otros escuchan aullidos de locura, yo siento un hormigueo cálido.
Toco la madera abandonada, podrida, y mis dedos desprenden hilos dorados. Es mi herencia moura reconociendo su hogar.
—El círculo está incompleto —susurran las voces del bosque—. La fertilidad volverá con el séptimo.
Estoy seguro de que la tierra seca y las manos ajadas de la abuela, la muerte prematura de mi madre, no sanarán con rezos, sino con un sacrificio.
Escucho los susurros. Tengo que saltar la valla, pero no por rebeldía o por instinto, sino por retorno. No más ánimas reclamando las almas de su gente. La aldea debe recuperar la esperanza, vivir en paz.
Miro con amor la tierra que me ha visto nacer. Me agacho despacio. Es un ritual de despedida. Guardo un puñado de tierra yerma en mi bolsa. Estoy preparado para ser la “ofrenda” que la aldea nunca se atrevió a dar.
Un paso, otro…
Escucho el sonido metálico de la valla cerrándose tras de mí. A lo lejos, las campanas de la aldea doblan a muerto, pero el niño que fui ya se ha desvanecido en la espesura.
Pase lo que pase, ya no hay vuelta atrás.