Cuando está a punto de perder la consciencia, un aullido lejano rasga el aire. La risa de los olleyros cesa de golpe, como si el propio bosque les hubiera ordenado callar. El silencio que sigue es peor: es denso, húmedo y huele a tierra removida.
Antón no espera a que los ojos en los árboles vuelvan a abrirse. Corre. Sus pulmones le queman por dentro y las ramas bajas le azotan la cara como dedos esqueléticos, hasta que un sonido nuevo se filtra entre el latido de su sangre: el chapoteo rítmico del agua contra la piedra. Clac. Clac. Clac.
Emerge a un claro donde la niebla se arrastra por el suelo como un animal vivo. Allí, en la orilla de un riachuelo que no debería estar ahí, ve una figura encorvada. Es una mujer de cabellos blancos como el lino crudo, vestida con harapos que parecen hechos de sudarios viejos. Antón se acerca, con la calabaza vacía golpeándole el costado, esperando encontrar agua fresca.
Pero al llegar a la orilla, el agua cristalina se corrompe. Se vuelve negra, espesa y aceitosa, fluyendo con la pesadez de la ceniza húmeda.
La mujer no levanta la vista. Sus manos, nudosas y pálidas como el hueso, golpean una tela contra una piedra lisa. Clac. El sonido no es el de ropa mojada; es el sonido metálico y seco de algo golpeando carne fría.
—Bebe de tu propio final, séptimo eslabón —susurra ella. Su voz suena como el roce de dos lápidas.
Antón retrocede. El arroyo ya no es agua: es un pozo de lodo hirviente que exhala un hedor a hierro y olvido. Se fija en lo que ella lava: no es una sábana. Es una túnica blanca manchada de una sangre que no termina de irse, y en el centro, perfectamente nítido, aparece bordado su propio rostro. Sus ojos. Su boca abierta en un grito mudo.
—¿Antón? —pregunta ella, y cada vez que golpea la tela contra la piedra, un dolor sordo le retuerce el pecho al muchacho, como si sus propios pulmones fueran los que se escurren—. ¿Lavas por los que se fueron o por los que vendrán?
La Lavandeira empieza a recitar nombres. Nombres de vecinos, de niños de la aldea, de antepasados que Antón creía enterrados bajo el musgo de la iglesia. Con cada nombre, el golpe en la piedra es más fuerte. Clac.
—¿Para qué morir por una aldea que ya me ha dado por muerto? —grita Antón, desesperado, sintiendo que sus piernas flaquean—. ¿Tiene algún sentido este bosque? ¿O es que ya estoy muerto y este es mi purgatorio?
El silencio en el claro de Freshen se vuelve absoluto. Lentamente, la anciana levanta la cabeza. No hay piel: solo una máscara de arrugas que se hunden en dos cuencas abisales. De lo profundo de esos ojos vacíos brota una luz azulada, fría como el fuego de San Telmo, que parece juzgar no su carne, sino el peso de su miedo.
—El sacrificio solo es una ofrenda vacía si el que se ofrece ya no tiene nada dentro —sentencia ella, señalando con un dedo huesudo hacia la oscuridad del camino—. Los Xacios ya huelen tu duda, Antón. Y el agua de los pozos profundos no perdona a los que no saben por qué luchan.
La Lavandeira detiene los golpes en seco y levanta la cara hacia Antón, que siente un viento gélido inundando su cuerpo.
—El destino no es un camino que se pisa, muchacho: es una cadena que se forja —sentencia la anciana con una voz que parece el crujido de un bosque entero—. Siete eran las luces que guardaban el mundo, y una se ha apagado. Si no cruzas este filtro, si tu voluntad se quiebra aquí, el círculo quedará roto para siempre y el vacío que hoy ves en este río inundará tu aldea. Eres el eslabón perdido, Antón. O te fundes en el fuego de tu propósito, o te conviertes en el barro que ellas lavan.
La mujer señala hacia la espesura y, antes de que Antón pueda replicar, se desvanece como el humo de una hoguera mal apagada.