Las Notas al Margen: El Mapa de un Alma

Hay libros que se leen con los ojos y otros que se revuelven directamente en la memoria del cuerpo.

He terminado de leer, por segunda vez, Las frases robadas de José Luis Sastre. Si la primera lectura fue un descubrimiento, esta segunda ha sido un espejo doloroso, bellísimo y completamente íntimo.

Quienes me leéis aquí, en Historias entre Fogones, sabéis que no entiendo la literatura si no es para filtrarla a través de la propia piel. Y esta obra ha venido a remover los cimientos de mi propio rincón más sagrado: mi sección Sempiterno.

El argumento central del libro nos muestra a un padre que llega a su hija a través de las páginas que un día habitó.

Pero a mí no me han deslumbrado las citas literales o las grandes sentencias de los autores. Lo que me ha conmocionado son las anotaciones al margen.

En esos renglones torcidos, en los signos de interrogación a lápiz, en los borrones donde el pulso flaqueaba, no están solo las ideas fijas que forjaron a un hombre; está algo mucho más valioso: el proceso ciego y humano por el que se construyó a sí mismo.

El padre de la novela entrega su alma a su hija, volcando en los márgenes de los cientos de libros leídos a lo largo de toda una vida, todo lo que de manera personal no supo o no pudo decirle a la cara.

Roba frases para armarse de la valentía que el pudor cotidiano le quitó  en la vida real evitando esas conversaciones cara a cara con su hija que nunca fue capaz de mantener.

Esta revelación me ha golpeado de lleno el pecho.

Hace ya cuatro años que mi padre murió. Desde entonces, uno de mis grandes empeños ha sido rescatar su legado a través de sus poemas en este blog.

Al leer a Sastre, he sentido que buscaba exactamente lo mismo: persigo un hilo invisible, un mensaje continuo en los papeles que él tocó y escribió, intentando descifrar el reverso de sus palabras, buscando esa conexión que la muerte física interrumpió pero que la literatura insiste en mantener viva.

A lo largo de la novela, he ido subrayando mis propias constelaciones, sintiéndome profundamente identificada con las voces que allí resuenan:

  • El dolor descarnado y de tierra de la poesía de Miguel Hernández.
  • El eco desolador de Sabino citando aquel «Hombres, vuestra historia» en el desgarrador inicio de Justine, el primer volumen del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell.
  • La lucidez periférica y libre de Virginia Woolf en Una habitación propia y en los paseos mentales de La señora Dalloway*.
  • La inmensidad comprimida en el cuento más corto del mundo de Augusto Monterroso.
  • El vacío y la resistencia de Nada de Carmen Laforet.
  • El pulso ético ante el abismo en La condición humana de André Malraux.
  • El realismo mágico y la soledad circular de Gabriel García Márquez.

Todos ellos son cómplices de un robo perfecto: usar palabras prestadas para explicar el misterio de nuestra propia existencia.

Esta relectura no ha sido inocente; me ha empujado a una introspección vital de cómo quiero estar en el mundo y cómo quiero abandonarlo.

No quiero pasar por esta vida de puntillas ni mirar mi propia existencia desde fuera.

Me niego a desear que el tiempo corra deprisa; al contrario, quiero saborear cada segundo, disfrutar de mis instantes más insignificantes, habitar mi dispersión elegida y llorar y reír de pura emoción.

Reclamo el derecho absoluto a ser consciente de mi mundo interior y a recurrir a la fantasía y la imaginación siempre que lo necesite (que, en realidad, es siempre).

Esto no es rendirse ante nada; es querer ser yo misma en todo momento.

Y cuando el tramo final asome, renuncio a cualquier máscara para afirmar con orgullo lo que soy.

Quiero vivir y, cuando toque, morir con la plenitud de mi conciencia.

Aspiro a poder despedirme con total libertad y lucidez, habiendo elegido yo misma mis melodías y aquellas frases robadas con las que expresar mi voluntad, un pensamiento propio y una última lección de vida y de muerte.

Por eso, escribo hoy estas líneas pensando en el futuro, como un legado vital para mis hijos, una voluntad del alma que necesito que compartan y respeten cuando los años pesen y pasen:

«Cuando llegue ese momento en el que ya no me reconozcáis

ni en la mirada ni en los hechos,

os pido que no os asustéis.

En ese instante, necesitaré vuestro abrazo más fuerte

y vuestro adiós más generoso.

Dejadme marchar rodeada de amor, de paz, de mis frases robadas

y de mis melodías más queridas, con todos mis recuerdos intactos flotando en la habitación.

Yo os seguiré queriendo siempre.

Recordadlo bien: hasta el infinito y más allá.»

Las frases robadas no es una novela sobre el final; es una inmensa declaración de amor a la verdad, a los libros y a los hilos que nos unen con quienes nos dieron la vida.

Al igual que el padre de la historia, yo también os dejo mis notas al margen en esta cocina de historias.

Ojalá, cuando haga falta, sepáis leer entre mis líneas.


Curiosidad para el lector gastronómico:

A veces, las conexiones más potentes nacen de unir dos procesos independientes que se transforman mutuamente, como las notas que reescriben un libro, o como la receta de aprovechamiento que hoy habita mis fogones:  unas verduras asadas primero y adobadas después, con paciencia al horno que renacen por completo al sumergirse, después, en la fuerza y el carácter de un adobo. Dos técnicas, una misma alma.

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