SOBREVIVIENDO A LA VIDA (III)

Diarios de Ayer y Hoy


5   de  Mayo 1944

I

Tortillas sin huevos,  puchero sin huesos, fritos sin aceite, dulces sin azúcar… o dicho de otro modo; sobreviviendo a la vida.

Otra vez se repite el discurso de la semana pasada. “¡Aguantad!”, nos dicen, “que la comida llegará pronto. “Resistid otra semana más…”

 Y así llevamos más de un mes. Como si al hambre se le pudiera decir: ¡Espera un poco más!

Primero las bombas, después el hospicio y ahora esta llamada posguerra, que ya supera con creces un quinquenio.

En casa hemos aprendido a engañar al estómago.

Quizá porque no conocemos otra sensación que la de un vacío permanente en la barriga y este dolor que llega hasta el alma.

En la ciudad, sobrevivimos con 200 gr de azúcar para todo un mes, 2 kg de patatas, medio kilo de arroz y algunas legumbres rancias, de vez en cuando.

Mama compra en la tienda de comestibles de la señora Ana.

La mayoría de los estantes están vacíos. Solo hay algunos paquetes de alubias, batatas o una harina oscura que da pena.

Al principio la harina era de trigo, pero unas semanas después la cambiaron por una de maíz y ahora es una harina de altramuces.

Mi hermana Carmencita que es muy positiva dice que esta harina es buenísma para cortar la diarrea. Y si no la tienes, prepárate para no visitar al señor Roca en una temporada. Es tan duro que si lo lanzas a la cabeza de alguien lo descalabras.

II

El marido de la señora Ana, el señor Ricardo, es muy echado “palante” y comenzó  a viajar a los pueblos cercanos.

En el campo no pasan hambre gracias a lo que cosechan y los animales que tienen.

Así que, de uno u otro lugar,  se trae todo tipo de alimentos que guarda en la trastienda para que la policía no los requise.

 Desde verduras y frutas hasta algún ave con sus huevos incluidos. Tiene encargos de” gente pudiente” que pagan una fortuna por una gallina y unos huevos.

Mama imagina en voz bajita, cómo prepararía  una pepitoria, una tortilla de papas o unos caldos de quitar el “sentío”.

Y yo fantaseo con el  aroma de ese plato en la mesa de casa. Saboreo despacito esos trozos de carne con un pedazo  de pan blanco pringando la salsa.

Es entonces cuando  las tripas me cantan tan alto que la gente se vuelve a mirarme con cierta tristeza.

Mama que no se puede permitir estos lujos,   tiene una cuenta abierta con la tendera para lo imprescindeble.

Prepara unos guisos sin carne que nos saben a gloria.

La señora Ana fía a todo el barrio y como ya se ha corrido la voz, vienen personas de todas partes para comprar el estraperlo de su trastienda.

Cada vez tiene una libreta más grande para apuntar el “debe semanal” de todos sus clientes.

Todos sin excepción,  pagamos religiosamente al final de la semana. En cuanto se cobran los pequeños jornales, allá van para cubrir la deuda y comenzar de nuevo hasta la semana siguiente.

Si los azules le pillan con la mercancía, además de quitarle todo el cargamento, se lleva una buena somanta de palos y al cuartelillo 15 días. 

Así que ha aprendido a andar por el techo del tren en marcha. Parece un trapecista, haciendo equilibrios con las bolsas.

Es la única manera de evitar a los policías que  aparecen en los trayectos de entrada a Madrid.

La señora Ana vive en un miedo constante porque su marido se juega la vida.

Un traspiés ahí arriba y muere arrollado por la máquina. El paso de un túnel que no vea en la noche y se deja los sesos en el puente.

El señor Ricardo tiene toda la razón cuando nos dice que se juega la vida para “traernos de comer”.

rail via tren

III

A día de hoy, tienen montada una empresa familiar.

Sus dos hijos Paquito y Merceditas, que son de mi edad, esperan a pie de las vías la llegada del padre, que les tira los fardos con la mercancía que cargan durante la noche para llegar a la casa antes de que claree el día.

Así, el señor Ricardo llega a la estación con las manos vacías y la policía no puede requisarle ningún paquete voluminoso,  que es a lo que se dedican todo el tiempo.

En cuanto a  los chicos de la señora Ana,  ahora están más sonrosados y menos enjutos pero siempre tienen cara de sueño.

La familia  vive en la parte alta del comercio y han abierto un zulo desde la vivienda que llega directamente al sótano donde guardan todo el estraperlo.

Así que, cuando los policías miran  la trastienda, no encuentran más que una alacena casi vacía.

Y es que detrás del mueble  han hecho un cuarto  cargado hasta el techo de alimentos, excepto una de las paredes que comunica con la cocina de su casa.

Es toda una obra de ingeniería que han construido entre los cuatro. El señor Ricardo dice que no se trata de inteligencia sino que la necesidad despierta la imaginación.  

Ahora tienen tanto trabajo que me han contratado para cargar con los chicos los fardos.

Todos los miércoles, me levanto a la 1 de la madrugada y caminamos los tres juntos más de una hora hasta el punto donde el señor Ricardo arroja los fardos.

Lo hacemos en silencio y camuflados en la negrura de la noche y nos comunicamos con gestos para evitar que nos descubran.

La vuelta es más lenta con tanta carga, muy atentos a cualquier ruido.

Cuando llegamos, casi sin incidentes dignos de contar a la señora Ana, para no asustarla más de lo que ya está,  colocamos con mucho cuidado toda la mercancía en el cuarto secreto.

 Sentir ese miedo en el estómago es mejor que la sensación de hambre.

Pero, desgraciadamente, no todos son como esta familia.

El estraperlo es una manera de abusar y enriquecerse para una gran mayoría.  Todo tiene un precio y si puedes pagarlo…

Mi jornal es un desayuno con pan blanco y aceite que migamos en un vaso de leche caliente. Además de un cuarto de aceite, patatas sin bichos, harina de trigo, manteca de cerdo  y unas cajetillas de tabaco, me dan mucho cariño.

Teniendo en cuenta que el panecillo  diario que nos corresponde con la cartilla es menos que nada, el desayuno de los miércoles es un sueño hecho realidad, si no fuera porque me acuerdo de mis hermanas y se me hace un nudo en la garganta que no me deja tragar.

Creo que por eso, la señora Ana ha añadido a mi bolsa, un pan blanco de un tamaño considerable.

Ahora sí que disfruto mi pan migado en leche de los miércoles.

“Manolito, da este  pan  a tu madre. Le dices que es el que  hace la señora María en el horno que tiene en el sótano de su casa, tan difícil de conseguir . Ya veréis como no se pone duro”.

Mama lo tapa con un paño blanco húmedo y lo saboreamos un trocito cada día, en familia, muy despacito, para que no se nos acabe.

Sé que al señor  Ricardo le gusta ilusionarse con los números de la lotería nacional, así que, en agradecimiento a lo que hacen por nosotros, me acerco hasta Doña Manolita para comprarle un décimo.

Es un dinero muy bien invertido porque, en el camino, voy vendiendo los cigarros a un precio que supera con creces las tres pesetas que me gasto en la lotería.

¡Y todos contentos!, el señor Ricardo con su décimo y mama con los dineros  que le  entrego  orgulloso.

Ya tengo clientes que me esperan en cada esquina desde casa hasta llegar al 31 de la Gran Vía. Me llaman “el  lagartija “porque me escabullo de los policías con una facilidad pasmosa.

gran vía Madrid años 40

IV

Mama no es cariñosa. Primero la muerte de  papa, después la familia rota, por eso, creo que ha olvidado cómo se abraza, pero sus ojos brillan con ternura cuando traigo el jornal a casa.

Ahora todos tenemos menos dolores de barriga y unas zapatillas más nuevas. Mama puede llenar sus fogones con algo más que alubias y patatas pochas y nuestros cuerpos enjutos van adquiriendo cierta consistencia.

Parece que las sonrisas y la esperanza empiezan a llenar el ambiente.

La pasada madrugada he hecho el último trabajo con la familia.  El último desayuno con ellos ha sido triste y lleno de añoranza. Me han deseado toda la suerte del mundo en mi nuevo trabajo.

Hoy, me dice madre que parezco un general. Vestido con mi nuevo uniforme  de “botones” me siento importante. Voy a cruzar, por primera vez, la puerta del  café del Zahara, uno de los más emblemáticos de la Gran Via de Madrid.

Me faltan dos días para cumplir los 15 años y mi vida va a cambiar radicalmente. Yo siento que a mejor.

 Don Amancio, uno de mis clientes más fieles, me ha conseguido este trabajo. Ha dicho que valgo mucho y que no quiere verme en las calles.

Voy a seguir todas sus instrucciones y con el pequeño sueldo que me pagan más los extras, dice que puedo ganar muy buen jornal.

Los extras son las propinas de los clientes por hacerles los recados: “Que si te acercas al estanco a por tabaco, que si buscas al limpiabotas y de paso me traes el diario o te das una vuelta hasta la administración y me compras el número que toca…”

doña manolita madrid

Además Doña Manolita me ha preguntado si tengo buena letra. Cuando le he dicho que mi caligrafía era la mejor de todo el hospicio, me ha dicho que me persone los sábados por la mañana para ganar unas pesetas…

No ha dicho “unas perras”, ha dicho “pesetas”, en plural…

Ya tengo ganas de que llegue el sábado para saber lo que quiere “La Doña”.

Aunque ahora el tiempo ya no me pertenece y he perdido esa  libertad que tenía el riesgo, voy a convertirme en un hombre de provecho.

padre e hijo

Por primera vez en mi vida,  me siento henchido por dentro.

Debe ser la felicidad.

Por fin estoy cumpliendo la promesa que hice a papa. 

Cierro los ojos y siento su aroma, escucho su voz ronca:

 “Ahora tú eres el hombre de esta familia.

Cuida de ellas hasta que vuelva”.

Elisa Bueno. Historias entre Fogones

pajaros y corazón
CAPÍTULOS DE ESTE DIARIO DE AYER Y HOY:
cenefa hojas

Esta historia inspira una receta familiar: BERENJENA RELLENA

BERENJENA RELLENA

Diarios de Ayer y Hoy es un homenaje a nuestros mayores personificados en la figura de Amelia, madre de M.L. Ventura y Manuel, padre de Elisa Bueno. Parte de los bocetos de esta sección realizados por Prado Ventura.

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