Reloj de arena antigua evocando al tiempo y ese rio de nostalgias

El tiempo, ese rio que no sabe de nostalgias

Un 7 de mayo de 1929 el mundo empezó a girar para ti.

Hoy serían noventa y siete vueltas al sol, ‘ahí es ná’… 

Y, aunque tan solo hace cuatro años  que ya no estás, siento que te fuiste hace muchísimo tiempo.

Es una sensación extraña. Como si el tiempo hubiera transcurrido a un ritmo tan lento que las horas se congelaron a mitad del camino, en un limbo de olvido…

 Por eso, al leer estos versos sobre el aprendizaje, siento que me susurras al oído. Como si desde tu eternidad calmaras mi ruido interno.                

Con el tiempo… parece que todo ocurre y nada sucede, es ese engañabobos que parece no estar aquí hasta que no apreciamos las primeras pérdidas y aquellas arrugas que nos recuerdan nuestro lugar.

Y un día se nos presenta como lo que es, una presencia inamovible que nos observa sin comprender nuestro propósito.

El tiempo nos monta en su grupa y no mira atrás.

No entiende de aprendizajes.

No sabe de sutiles diferencias ni de grandes esperanzas.

Sin un pasado que añorar, ¿cómo entender nuestra manera de encadenarnos a lo inamovible?

Acelerar o ralentizar los acontecimientos ¿Cambiará este instante? ¿Podemos deshacer lo que ha sido hecho?

Tan solo podemos mirar al tiempo como ese río que no se detiene y, con la cabeza alta, caminar a su paso mientras él continúa su fluir sin extrañar a los que se fueron.

Quizá entonces, fusionados con la atemporalidad, seamos capaces de comprender su verdadera naturaleza.

Nota editorial

El poema que ha inspirado estas líneas, titulado originalmente Comes the Dawn, suele atribuirse frecuentemente en la red a Jorge Luis Borges con el título”aprendiendo” y que tiene algunos sutiles cambios con el de su verdadera autora, la escritora estadounidense Veronica Shoffstall, quien lo escribió a los 19 años.

 He querido mantener esta precisión como un homenaje a la verdad que el propio tiempo nos termina enseñando.

Llega el amanecer

Después de un tiempo, aprendes la sutil diferencia
entre sostener una mano y encadenar un alma.
Y aprendes que el amor no significa apoyarse,
y que la compañía no significa seguridad.

Y empiezas a aprender que los besos no son contratos
y los regalos no son promesas.
Y empiezas a aceptar tus derrotas
con la cabeza alta y los ojos abiertos,
con la gracia de un adulto y no con la pena de un niño.

Y aprendes a construir todos tus caminos en el hoy,
porque el terreno del mañana es demasiado incierto para hacer planes,
y los futuros tienen una forma extraña de caerse en pleno vuelo.

Después de un tiempo aprendes…
que incluso el sol quema si recibes demasiado.

Así que plantas tu propio jardín y decoras tu propia alma,
en lugar de esperar a que alguien te traiga flores.

Y aprendes que realmente puedes aguantar.
Que realmente eres fuerte.
Que realmente tienes valor.

Y aprendes y aprendes…
Con cada adiós, aprendes.

Veronica Shoffstall

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