El día que la abuela me regaló mi primer delantal, me otorgaba el título de pinche oficial de su cocina.
¡No os imagináis lo que aquello significaba para aquella niña!
Esa tela de cuadros rojos y blancos era mi entrada indiscutible en su mundo. Bueno, en el de ellas: La abuela, la tía Toñi y mi madre. Eran un equipo indivisible y la cocina era su santuario.
Porque así de sagrada me parecía esa cocina. Un lugar donde no solo se cocinaban platos increíbles, también ocurrían confidencias y secretos inconfesables y que, no eran compartidos por nadie más en la casa, y mucho menos por los hombres…
Yo no entendía casi nada de sus gestos, ironías, convicciones de entonces y lo que aquel lugar significaba para ellas. Era donde sanaban, compartían y comprendían lo bueno y malo de sus matrimonios y se sus vidas
Aquella niña no sabía que todo aquello era mucho más vital que lo que se cocinaba en los fogones.
Pero para mí era el único lugar en la tierra, donde un puñado de harina o unas verduras frescas se tornaban en texturas, colores y aromas hasta convertirse en manjares dignos de reyes.
Cuando escuchaba el estribillo de la copla de mi abuela, me plantaba en la cocina, me sentaba en su silla de enea y esperaba instrucciones.
Ella me miraba de reojo y me decía: «Niña, dame cuatro huevos de la nevera, y de paso sacas la mantequilla y la dejas aquí cerca del fogón , al calorcito. Ahí, junto a la bandeja de la merluza».
Desde entonces, ha llovido mucho, pero creo que mis vivencias, son mucho más vitales que las decepciones. Creo que la vida es demasiado corta, para perder un sólo instante.
Hoy tienes 8 años y mañana te despiertas con 40 – o con 60 – preguntándote dónde has estado y quién te ha esculpido esas arrugas bajo tus ojos y esos salientes en tus caderas.
Ellas nunca se rindieron, entre vientos y tempestades, caminaron siempre adelante, con la cabeza alta, orgullosas de lo que eran. Sin preguntarse en lo que pudo haber sido, ni en tiempos que no existieron o vidas que no eligieron.
La maleta, a estas alturas, está muy llena, casi repleta de cariños y desengaños, de sueños imposibles, de crudas realidades, de coraje, caricias, ternuras, tristezas y muchas ausencias. Hay demasiado lastre, quizá más desidia y monotonía de la que hubiera deseado.
Pero, en los bolsillos medio llenos de emociones y siempre, al alcance de mi mano, encuentro a todas las personas especiales y únicas que me han acompañado en el viaje. Aquellas mujeres y sus fogones, que marcaron mi niñez y a los que todavía hoy, aguantan mi maleta, a ratos pesada, a veces incómoda.
La vida me ha mostrado numerosos y dispares escenarios. Y lo más difícil de aceptar es que eres consciente de ello después de experimentarlos, cuando ya no hay nada que puedas hacer por evitar que aquello suceda, por no haber disfrutado con más intensidad, por no haber entendido la suerte que tenías en ese instante… pero si algo he aprendido que no importa el tiempo que tarde o el resto de años que me queden … me he propuesto construir mi futuro a partir de este presente .
Me propongo no abandonar mis sueños.
La vida es lo que está por venir.
Voy a darla la bienvenida.
No voy a marcarme metas. Dejarme llevar, saborear cualquier menudencia que me haga feliz. Escuchar la cadencia de las olas.
Escribir lo que me pide mi alma.
Reír,
Agradecer,
Soñar,
Vivir…
Y aceptar estos regalos con la misma ilusión de aquel primer delantal que me regaló mi abuela.
Porque es lo que ellas me enseñaron.
Porque a ellas se lo debo.
Por eso, en esta entrada, tenía que compartir Las Albóndigas en Salsa de la abuela Paca.
Fue una de las primeras recetas que recuerdo preparar con ella.
Cómo me gustaba cuando me decía: ¡Nena, venga, vamos a hacer pelotitas de carne!
Y me tiznaba la punta de la nariz con la harina del plato como quien te da el beso más tierno y sabroso del mundo…