Péndulo oscilando suspendido de un hilo, se encuentra en movimiento, representando la teoria del péndulo

La Teoría del Péndulo

Teoría del péndulo

La teoría del péndulo consta de un sistema mecánico compuesto por una masa suspendida de un punto fijo que oscila por gravedad. Se rige por el periodo de oscilación, que depende de la gravedad y la longitud del hilo, no de la masa. Esta teoría rige y demuestra el tiempo de rotación terrestre.

El otro día, un conocido me habló de ese momento en el que humanizas de verdad a alguien a quien admiras por su obra. A veces lo idealizas tanto que casi lo ves como un ser superior. Pero cuando conoces su historia, te das cuenta de que incluso estas personas tienen sombras y una trayectoria compleja. Porque, al fin y al cabo, somos humanos y compartimos más de lo que creemos: entre otras cosas, el aprendizaje constante.

Hay muchos ejemplos: Dalí, Nietzsche, Picasso, Einstein… (y seguro que se te ocurren otros). Grandes mentes, grandes obras… y, a la vez, vidas perfectamente imperfectas.

El caso es que llegamos a una conclusión importante: separar la obra del autor. Y, al mismo tiempo, entender la historia del autor puede darte otra lectura de su obra.

Desde que nacemos hasta que dejamos de respirar, aprendemos sin parar. Vamos en busca de la perfección: una meta que nos impulsa y nos marca una hoja de ruta. Pero también es, en parte, una ilusión útil: una idea que nos mantiene caminando.

Como me suele pasar, la conversación se volvió más profunda y terminamos hablando de sanar heridas. En ese camino, llega un punto clave: asumir la responsabilidad de lo que te duele. Ahí empiezas a atravesar fases distintas.

Para explicar esas fases me gusta usar la teoría del péndulo: ir de un extremo a otro regidos por el periodo de oscilación. Al principio el movimiento es brusco; pasas de un lado al contrario casi sin transición. Con una herida ocurre algo parecido.

Imagina a una persona complaciente. Cuando se da cuenta del daño que le hace ese patrón, puede saltar del “sí” por defecto al extremo opuesto: “no” rotundo, independencia orgullosa, incluso cierta rigidez. Con el tiempo, el péndulo desacelera y se acerca al centro. Encuentra un punto de equilibrio entre ambos extremos. En los procesos internos sucede igual: recorres los límites y, poco a poco, atraviesas la gama de grises hasta equilibrarte. No es lineal: es un vaivén, con retornos.

Casi todo proceso de sanación y autoconocimiento empieza apagando el piloto automático. Cuando decides agarrar los mandos de tu vida, aparece vértigo. Salen miedos que ni sabías que estaban.

Primero apagas el piloto automático. Después empiezas a escucharte: meditas, buscas apoyo, te observas. Intentas entender tus patrones. Analizas. Y otra vez aparecen los extremos: pasas de vivir por inercia a quedarte atascado en el sobreanálisis, racionalizando cada emoción.

Pero, igual que con el péndulo, toca salir de ese extremo y encontrar el equilibrio. ¿Cómo? Pasando del análisis a la acción.

La primera salida de la zona de confort ocurre cuando te escuchas y habitas partes de ti que no son cómodas. La segunda llega cuando entiendes algo crucial: no te sirve de nada construir una tesis perfecta sobre tus heridas —orígenes, causas, explicaciones— si te quedas congelado ahí. Necesitas accionar. Necesitas experimentar.

Porque, como pasa en muchas teorías físicas, las fórmulas se simplifican cuando experimentas. Lo complejo se simplifica cuando encuentras lo esencial. ¿De qué le sirve a una persona complaciente entender el origen de su herida si no aprende a decir “no” sin culpa? (Y ojo: uso la complacencia como ejemplo, pero hay muchas heridas posibles: evitación, perfeccionismo, control, desconfianza…).

Cuando pasas del sobreanálisis a la acción, existe el riesgo de caer otra vez en piloto automático. Pero ya no vuelves al punto de partida. Tampoco te quedas en un análisis que te inmovilice como antes. Con el tiempo, encuentras un equilibrio más real: actuar con conciencia y, sí, con miedo a veces, pero con confianza.

Los patrones que arrastras desde niño no se rompen en un año de terapia. Cada persona tiene su ritmo, y ese ritmo es válido. No te compares. No te juzgues. No desesperes. Hay días en los que subes cuatro escalones y otros en los que bajas cinco. Trátate con cariño. Confía en ti y en tu proceso.

La constancia y la determinación te empujan hacia la cima, aunque tardes. El tiempo pesa menos cuando, en lugar de mirar el reloj, miras tu camino.

Si has empezado a apagar el piloto automático y a escucharte, te admiro. Si has decidido actuar y dejar atrás la fase de análisis, no estás solo: somos muchos los que hemos tenido que enfrentar ese miedo a salir de la zona cómoda y levantarnos cada mañana, aunque una vocecita —ese pequeño impostor interno— diga lo contrario.

Sigue con valor y decisión. Y si ya alcanzaste ese equilibrio, recuerda el recorrido y ten compasión con quienes lo están transitando.

Seas quien seas, quiero que sepas algo: estés donde estés, no eres el primero ni serás el último.

Un abrazo grande.

Hazlo, aunque sea con miedo… pero hazlo.

0 0 Votos
Valoración.
Subscribirse
Avisar de
1 Comentario
Respuestas en línea.
Ver todos los comentarios