Amanecer en la costa, esa luz que evoca el eco de tu voz, una voz ausente y presente

El eco de tu voz

Once mil novecientos cincuenta días hoy son una eternidad. En este tiempo he transitado casi treinta y tres inviernos sin tus consejos, sesenta y seis equinoccios y sus correspondientes veranos e inviernos sin ti.

Entre tus nietos y tu hija hemos celebrado ciento veinte cumpleaños, apagando cada año una vela más donde la inocencia infantil daba paso a la madurez.

Hemos celebrado treinta y tres Nochebuenas sin tus villancicos, ni el aroma de tus fogones. Cada veinticuatro de diciembre he elevado mi plegaria al cielo esperando que te llegara una nueva felicitación, aunque ya no cumplieras ningún año más.

Y tú no apareces en ninguna de estas fotos porque un día de primavera te convertiste en etérea; el tiempo se disipó para ti y tuve que soltar tu mano. Entonces nuestros caminos se fracturaron para no reencontrarse jamás. No en este mundo.

Imagen de Emilia Bueno, representando el eco de tu voz, su propia voz.

Después de ti, he tenido que afrontar otras pérdidas. Un adiós esperado, natural, aunque no por ello menos doloroso. En cambio, otro, como tú, se ha ido antes de tiempo, sin anunciar su partida, azotando brutalmente nuestra historia.

Así he comprendido que la vida es cíclica y, sin remedio, los periodos de tristeza y alegría se repiten, como las estaciones. De nuevo he asimilado pérdidas incomprensibles, lágrimas que no debería derramar y esa soledad que se presenta nuevamente como la gran desconocida, acogiéndose con naturalidad a mi vida, integrándose en mis nuevas risas y caminos…

No sé muy bien por qué es, en este momento, cuando estos once mil novecientos cincuenta días ausentes de ti se me revuelven en las entrañas y bullen con virulencia, desordenando mis memorias, como si quisieras decirme algo. No entiendo la aparición de esta maraña de dolor silencioso que me impide avanzar.

Hoy no es un día diferente a otros, no hace muchísimo frío, ni tampoco calor. Así de tenues son mis recuerdos… Conversábamos sin más, sonreíamos con las gracias de los niños y planeábamos el próximo juego con ellos. Nos despedimos sin decir adiós, solo “un hasta mañana”, sin ser consciente de que no siempre hay un nuevo día para compartir.

Si hubiera sabido entonces que ese adiós tan tuyo, con los brazos agitándose hacia el cielo mientras me marchaba, sería el último…

 

¿Por qué hoy siento esta ausencia?

Se dice que el tiempo todo lo suaviza. Posiblemente he echado en falta otras nostalgias que se han ido acumulando sobre la tuya y hoy revientan para manifestarse sin filtros. Quizá hoy soy consciente de la eternidad en la que habitas. 

Y me rebelo ante la posibilidad de olvidarte: que los años desvanezcan el olor de tu piel, la calidez de tu mirada, tus silencios llenos de verdad, tu entrega desmedida a veces.

Los que nos conocieron dicen que he heredado tu manera de cuidar, pero debo confesarte que nunca me acercaré a esa entrega tuya, incondicional, por encima de reglas establecidas, de normas instauradas. Contigo se rompió el molde. Nadie puede engrandecer las pequeñas cosas con esa autenticidad tan tuya. Toda la magia te la llevaste contigo.

Me has dejado tiempos compartidos, entusiasmos inadvertidos que ya nunca volveré a sentir. En los cajones de mi memoria atesoro tus abrazos, tu consuelo ante mi inconsolable llanto. Cuánto he necesitado mecerme entre tu cuerpo acompasado mientras acariciabas mi pelo, me besabas la frente, diciéndome que todo estaba bien, que el dolor pronto desaparecería y el sol siempre estaba detrás de las nubes.

Foto antigua de Emilia con sus hijos, el eco de tu voz

Recuerdo la fascinación de una niña hacia el poder sobrenatural de su madre, capaz de desvanecer las tristezas y los miedos infantiles con su canto melodioso, que convertía una melodía en el arma que expulsaba todos mis demonios. He añorado las canciones de cuna cuando dejaste de cantarlas.

Si me he rodeado de bondad y positividad es porque tú me enseñaste a reconocerlas en cada momento y en cada persona. Ahora parece como si la vida fuera una gota de eternidad que te separa de mí.

Intento recuperarte en mi memoria, escuchar tus susurros.

Es esta la razón por la que, en un día como hoy, ni demasiado cálido, ni lo bastante fresco, yo siento la necesidad de contarte todas estas insignificancias. Evocar a un ser humano tan extraordinariamente común, que convirtió una vida corriente en la más especial de las existencias, contagiando de esa energía cada cimiento de su hogar. Eso eras tú, mamá.

Mi homenaje somos los que aquí permanecemos: los tuyos. Tus raíces, que han crecido con fuerza y hoy son ramas erguidas y orgullosas que se elevan hacia el infinito para que tú puedas acariciarlas.

Continúo viviendo plenamente sin tus miradas, pero con tus recuerdos, intentando ser fiel a tu credo. La compañía allá arriba empieza a contrarrestar la mía aquí abajo. Yo continúo mirando al cielo, cada vez más lleno de vida, y me empapo de tu energía.

Y mientras todo esto sucede a mi alrededor, mientras río, lloro y me reencuentro conmigo misma, me pregunto cuántos días tendrán que transcurrir todavía para que pueda escuchar, desde lo más profundo de mi ser, el eco de tu voz.

Y ¿cómo no voy a compartir esa lasaña de mamá que quitaba el sentío, herencia culinaria de esta familia de mujeres poderosas?

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