hada isela

Libertad: esa pasión por la vida

Vivimos en una época que rinde culto al «yo». Nos han dicho que ser libres es actuar sin frenos, pero existe una trampa invisible en esa idea. Hacer lo que a uno le da la gana no es lo mismo que elegir sin condicionamientos y desde el corazón. Lo primero es un impulso que avanza sin importar a quién arrastra por el camino; es puro libertinaje insolidario. Lo segundo es tomar decisiones valientes y personales, siempre que no lesionen emocionalmente a los demás. Frente al egoísmo que aísla, emerge la verdadera libertad: una que no nace de la ausencia de límites, sino del respeto y el cuidado mutuo.

 

El hada Isela representando la libertad.

Ser realmente libre es una cuestión muy personal. No creo que exista una única libertad, sino tantas como vidas, deseos y emociones conviven en el mundo. En mi caso, es sentir que puedo volar sin desplegar las alas. Saber que formo parte de algo, escuchar mi propia melodía y danzar al son de su música. Es hacer aquello con lo que me siento completa, olvidando las lágrimas, las pérdidas y las críticas. Es, simplemente, convertir una mañana gris en pura inspiración.

Hoy siento que estoy un poco más cerca de esa libertad.

Durante muchos años no fui capaz de encontrar mi esencia. Nacer en una familia acomodada y criarme en una cálida y cómoda burbuja, construida a mi medida, no ayudó a que echara en falta esa pasión por la vida. Sin embargo, supe que hay vínculos mucho más fuertes que mi propio libre albedrío el día en que aquellas vidas, nacidas de mis entrañas, enlazaron sus minúsculas manos a las mías. Entonces comprendí que no hay burbuja lo suficientemente grande que te impida ser pálpito.

Esas manos se hicieron grandes, tiernas, poderosas. Son las que me han permitido volar más alto y más libre que ninguna otra decisión que haya tomado nunca. Este compromiso es la mayor libertad que jamás poseeré; me mostró mi esencia sin hacerme perder el rumbo.

Hoy continúo intentando atrapar mi libertad. Buceo en mi interior una y otra vez, esperando rescatar mis sentimientos de la agitación que me rodea. Posiblemente los malos momentos se confabularon en muchas ocasiones, formando una maraña de desatinos que me hizo perder la capacidad de encontrarme.

Sentir y ser. Emociones que navegan como los vientos de Levante y de Poniente, cambiando sus entusiasmos secos y cálidos a húmedos y fríos con una naturalidad inmutable. Pero ambos son aire, parte inseparable de ese todo que se convierte en ciclones. Así me siento a veces: como esos vientos inexplicables que me definen.

Hasta que llegó ese momento en el que me abrí en canal, desde las entrañas hasta el corazón. 

Tuve que ahogarme para resucitar siendo yo misma y despertar mis sueños adormecidos.

Y, al levantarme de nuevo, lo comprendí.

Siempre he poseído el valor más incalculable que una vida puede tener. Pero, buscando en los demás, mi mirada se perdió en su opacidad y no reconocí mi propio tesoro.

No recuerdo haber utilizado un par de alas, quizá porque siempre necesité más de dos.

O quizá porque, si no podía compartir mi vuelo, prefería planear al ras del suelo para regalar sonrisas y esperanzas.

El viaje de mi vida es un privilegio que nunca he transitado en soledad.

Odiamos tanto como queremos, pero no podemos vivir los unos sin los otros.

Somos tan distintos como únicos y, aun así, nos reflejamos en la esencia del otro para reconocer la nuestra.

Una y otra vez he repetido las mismas elecciones, como un eco enseñándome el camino: mantenernos unidos, que no juntos.

Remar en una misma dirección, que no a la vez: unos a babor y otros a estribor, escuchando nuestras voces para mantenernos a flote.

Cada uno de nosotros conoce el incalculable sacrificio de la libertad, esa pasión irresistible por la vida. Mientras tanto, compartimos nuestros días, salpicados de adversidad algunas veces y de felicidad muchas otras.

Quizá siempre llevé la libertad conmigo sin saberlo.

Es posible que el momento de permitir a mis alas hacer aquello para lo que han nacido sea ahora.

Volar sin mirar abajo.

Aceptar lo que esté por venir.

Extender las alas y dejarme llevar hasta la siguiente etapa de mi viaje.

Hoy cocino desde esa libertad, con ingredientes puros y sin prisa, con esta receta que sabe a hogar y a vuelo: Migliaccio, la tarta napolitana.

Nota de la autora:

 

Hoy es mi cumpleaños.

Inauguro este espacio en mi blog no solo como una celebración de mi historia, sino como un homenaje profundo a mis hijos y a cada una de las elecciones que me han traído hasta este preciso momento. La imagen del hada me recuerda que las alas no son para esconderlas, sino para desplegarlas con valentía.

A partir de hoy, este será nuestro rincón para compartir las melodías, los vientos y las recetas desde los que elijo, día a día, seguir danzando en libertad.

La libertad es esa pasión por la vida.

Esta historia es muy especial, como la tarta napolitana miglaccio .

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