Autor: Manuel Bueno Camino
Desdicha: Desgracia, suerte adversa.
Reflexión:
Este poema está inspirado en la memoria del gran matador de toros albaceteño Manuel Jiménez, fallecido trágicamente en un accidente de aviación el 21 de enero de 1960. Su avión se estrelló en Montego Bay (Jamaica) cuando se dirigía a cumplir compromisos en América.
El dolor eterno de su novia, familia y amigos tras su muerte fue agravado por el ruedo en el que murió: un ruedo de caos, confusión y cenizas. Un desdichado destino que truncó su carrera, sus sueños y su vida antes de llegar a su destino; una suerte adversa que no permitió a su afición vitorear sus gestas ni sacarle a hombros por la puerta grande.
Aquella tarde no hubo clarines, sino el estruendo del destino. La desdicha quiso que su último cartel no fuera de seda y oro, sino de ceniza y olvido, transformando el traje de luces en un velo de luto eterno para quienes lo esperaban en la orilla del mundo.
Chicuelo II
La novia de Chicuelo siempre va a verlo,
y para que nadie lo sepa, se tapa el miedo
cubriendo su cabeza con velo negro.
Cuando el torero inicia el paseo,
entre “compases, palmas y olés”,
la novia reza mirando al cielo.
¡Ay… mal haya, trágico vuelo!,
que a la novia de Chicuelo
para siempre vistió de negro.
Último paseíllo cerca del cielo.
Desdichada corrida, sin toro, sin ruedo…
que entre cenizas enterró su acero.
Confusión, caos, cuerpos de nadie…
en remoto y extraño ruedo,
¡sin cartel de “Feria Grande”!
Febrero, 1989
Lo que este poema me transmite:
Una mezcla de respeto, melancolía y una profunda soledad.
Al leerlo, no puedo evitar sentir:
La fragilidad del destino: me impresiona el contraste entre el ruido de la plaza (“compases, palmas y olé”) y el silencio absoluto de un accidente en un lugar remoto. Esa idea de que un “vuelo” pueda borrar de golpe el brillo de un torero me genera una sensación de vulnerabilidad muy humana.
Una tristeza silenciosa: la imagen de la novia tapando su miedo con el velo negro antes de que ocurra la tragedia es sobrecogedora. Refleja esa “premonición” que suelen tener los seres queridos de quienes se juegan la vida, convirtiendo el luto en algo que ya estaba allí incluso antes del accidente.
Desolación: el verso “Cuerpos de nadie en remoto y extraño ruedo” me resulta muy potente. Transforma un evento caótico y violento en una escena casi artística, pero profundamente triste, donde el “traje de luces” se pierde entre cenizas sin el reconocimiento de una multitud.
Es un poema con mucha “verdad”, de esos que duelen pero que a la vez elevan la figura de la persona que se recuerda. Mi padre logró capturar no solo la muerte de un torero, sino el vacío que deja una vida que se apaga lejos de casa.
Y no podía ser otra receta que aquella que tanto te gustaba: