Manos marcando palmas junto a una guitarra flamenca, evocando el son, la soleá y el ritmo del cante.

Sempiterno: “El son”

Autor: Manuel Bueno Camino

Son:
Sustantivo masculino del latín “sonus” que define principalmente un sonido agradable, especialmente el musical; resonancia o eco.
Que afecta agradablemente al oído, especialmente el musical.

Reflexión:
¡Qué monosílabo más cargado de intenciones!

“El son” es musicalidad, intrínsecamente, en toda su esencia. Las palmas sin son tan solo son sonidos, ruidos; a lo sumo, aplausos. Pero unas palmas con son… ¡ah!, estamos hablando de otra cosa… Es entonces cuando el sonido vibra dentro de uno envolviéndote en su ritmo.

Esas manos acompañando al taconeo, a la voz rota y flamenca, al sonido de la guitarra. Es entonces cuando se produce la magia y todo el cuerpo forma parte de esos acordes.

Y, de pronto, para el enamorado del flamenco, la diversidad de palos se convierte en un universo esplendoroso de sentimientos y ritmo. Sonidos que traspasan el cuerpo para hincarse en el alma, cargados de emociones.

Disfrutas del ritmo, sus letras, y aprecias las diferencias de cada tempo: a veces lento, otras más rápido… Ahora una soleá o una alegría; allá se escucha por bulerías o tangos; aquellos son tientos o seguiriyas, fandangos, verdiales y malagueñas… cada una con sus raíces profundas de su tierra, con su forma de cantar las cosas de la vida y de la muerte.

El son… la chispa del alma urdiendo melodías.

Flamenca bailando el son junto a las palmas que marcan el ritmo, la guitarra y el cajon.

SOLEÁ

 

Tres versos para cantar
con tres versos se dice todo
tres versos de pena y gozo
—tres versos de soleá—
…Uno, dos, tres…
cuatro, cinco y seis…
…siete, ocho, nueve, diez.

Cante de luna nueva
cante de vino amargo
de recrearse en la pena,
cante duro de jaramago,
…Uno, dos, tres…

En silencio escuchan todos
y todos cantan sin vez,
“rezando” pa sus adentros
que Dios escucha también.
…cuatro, cinco y seis…

Una y otra vez… ¡cha-ca-cha!
Que no hay forma de cantar
si se pierde el son que Dios
le puso al cante por “soleá”.
…siete, ocho, nueve, diez.

Para mi padre, la vida era como un buen guiso o un cante por soleá: necesitaba siempre encontrar su propio “son”. Al final, como no podía ser de otra forma en esta casa, nos despedimos con el sabor que a él más le gustaba: las rosquillas caseras, que también tienen su tempo.

Eran el postre especial con el que solía acompañar muchas tardes junto a un café, sus poemas y su cante flamenco.

¡Va por ti, Papá!

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