SINGULAR
Del lat. singulāris.
- adj. Único en su especie.
- adj. Extraordinario, raro o excelente
REFLEXIÓN
Nos consuela pensar que una estrella es idéntica a otra, que el mar que baña la orilla hoy es el mismo que tocamos ayer o que el pan de cada mañana repite su sabor exacto.
Sin embargo, esa igualdad es solo un espejismo con el que nuestra mente nos protege del vértigo del tiempo. Las cosas nos parecen iguales a simple vista, pero cada detalle vibra con una identidad única.
No hay dos vientos iguales porque el aire viaja preñado de geografías distintas; no hay dos mareas idénticas porque la luna nunca tira del agua desde la misma coordenada exacta.
De la misma manera, el amor no es una sustancia homogénea que se reparte por igual.
Cada afecto nace de un rincón propio del alma y se moldea según quien lo recibe. El beso que se entrega a la pareja, el que rescata a un hijo o el que se regala al amigo son destellos únicos, destilados con una ternura diferente y adaptada a cada piel.
Al final, esa multiplicidad de formas, besos, paisajes y estrellas no fragmenta el mundo; al contrario, es la manera en que todo se une para formar una misma cosa: un amor absoluto por la existencia desde todos sus prismas.
Y ahí reside la gran verdad que late bajo el cielo y la tierra. Reconocer la singularidad de cada pequeña cosa, de cada matiz del aire o de cada caricia, no nos aleja de los demás ni nos aísla.
Al contrario. Comprender que nada es igual es, precisamente, descubrir que todo forma parte de lo mismo: un mosaico infinito y sagrado que nos invita a amar la vida en toda su desconcertante y maravillosa diversidad.
NADA ES IGUAL.
Distintas son las estrellas
que nos parecen iguales
como distintas las mareas
y el canto de las sirenas.
Tampoco el tiempo es igual
ni ayer, hoy, ni mañana,
el aire húmedo del mar
o el que nos trae la montaña.
Nada es igual, cielo y tierra
queso, vino, agua o pan
ni la miel de las abejas.
Ni los besos que me das
como el que das a tus hijos
o el que das a los demás.
Soneto. Diciembre 1978
Leyendo estos versos escritos cuando yo no era más que una adolescente, no siento tristeza, sino una melancolía luminosa.
Siento la nostalgia que me lleva hasta aquellos recuerdos familiares.
La gratitud hacia los matices de la vida que compartí contigo (el vino, el pan, las risas, los besos).
La herencia emocional que me has dejado.
Y me asombras con cada nueva reflexión tuya; la lucidez que tenías para entender que «nada es igual» pero «todo es lo mismo», tu capacidad de maravillarte por las cosas pequeñas, singulares e insignificantes que siempre estuvieron a nuestro alrededor.
Hoy, todas estas emociones, me transmiten serenidad y aceptación ante el paso del tiempo.
Y mi homenaje para ti es uno de tus pequeños placeres: Zarzuela de Merluza
