Autora: M.L Ventura
La mayor parte de la incomprensión y de los prejuicios que se tienen contra los homosexuales proceden de su tipificación como enfermedad mental allá por el siglo XIX.
Aunque esta categorización desapareció como tal del manual clasificatorio de enfermedades mentales en el año 1980, la influencia de la ideología cristiana continuó —aún lo hace— juzgándolo como pecaminoso y contrario a la ley de Dios, dado que su doctrina consideraba —sigue considerando— inmoral cualquier actividad sexual que no tenga como propósito facilitar la procreación.
En España, tras la guerra civil y con la llegada de la dictadura franquista, los ataques homófobos se dispararon; la feroz represión hacia los homosexuales —entonces denominados “violetas”— creció de un modo cruel y sanguinario. Hasta tal extremo llegó el resentimiento y la animadversión hacia ellos que la homosexualidad acabó incluyéndose como delito tipificado en la Ley de vagos y maleantes.
El punto de inflexión lo empezó a marcar la importancia que adquirió la libertad del individuo: ser amo y señor de la propia naturaleza y deshacerse de las máscaras impuestas generó el arrojo suficiente para iniciar una cruzada que, en pleno siglo XXI, en plena era de los avances y las libertades, por áspero que suene, se sigue librando.
¿O acaso no es cierto que aún nos estemos acomodando a la normalidad que supone ver una pareja del mismo sexo caminando tranquilamente por la calle, tomándose de la mano o besándose?
Aunque cueste creerlo, la homofobia aún continúa siendo una fuerza muy poderosa en nuestro mundo, donde siguen existiendo muros de miedos y arcaicas cautelas. Y aunque en general ya nos hemos acostumbrado a verlo como lo natural que es, en algunas personas sigue despertando, cuanto menos, curiosidad y provocando más de una mirada o volteo de cabeza.
Aparentemente caminamos en aras de una definitiva aceptación, pero aún se oye aquello de “¡yo tengo amigos gays!” como si la frasecita eximiera de algún tipo de culpa y nos pusiera el sello de personas estupendas.
Pues sepan que, muy al contrario, esta es una señal inequívoca de que existe un claro postureo imperante sobre este colectivo, y de que aún queda un largo camino por andar hasta admitir verdaderamente, de corazón, la diversidad del ser humano.
Tras esta reflexión, ahora que tan humanitarios nos creemos por distribuir “me gustas” a grandes causas en las redes sociales y que somos capaces de “unirnos” en masa para reclamar esto o aquello otro, debiéramos preguntarnos qué sienten las personas encasilladas en los grupos minoritarios por razones de sexo, color, ideología, condición social, etc., cuando ven a los grandes grupos manifestarse contra lo que se cree injusto y, sin embargo, no consideran que su causa sea digna de tal título; o peor aún: ¿qué sentirán cuando los que se autodenominan “normales” se manifiestan directamente en su contra?
Como decía Epicúreo: “Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para que uno se ocupe de su propia alma”.
Meditemos, pues, sobre dónde radica la responsabilidad más profunda del ser humano, que no es otra que la del respeto a ser el uno mismo que cada quien realmente es… ¡o quiera ser!
Este relato ha inspirado la receta de la mano de la propia Marisa: