La Juli y Manue representando una escena de discusion dominada por Juli acerca del guiso empoderado parte 3, el desenlace de esta historia dividida en 3 partes.

El extraño caso del guiso empoderado parte 3: capitulo final

Cuando la puerta de la cocina se abrió, La Juli ya tenía el delantal puesto y el cuchillo cebollero en la mano, lista para recibir a la pava de Los Palacios. Pero lo que entró por la puerta fue un marido con cara de cordero degollado y una bolsa que pesaba menos que un suspiro.

—¿Pero esto qué éh, hombre de Dió? —gritó Julia, volcando la bolsa sobre la mesa—. ¿Cuatro tomate «esmirriao» y un pimiento que parese  le han dao una palisa? ¿Dónde está la pava? ¿Y lo judioneeee? Ay Manué, ¿Ydónde están los dosiento euros que te he dao esta mañana?

Él, haciendo de tripas corazón y recordando las palabras del charlatán de la feria, puso el libro dorado sobre la encimera como si fuera el Santo Grial.

—Julita de mi alma, escucha… ¡Que esto, nos va a cambiar la vida! Que la pava se la come uno y se acabó, pero con este libro.. «Deja de ser un percebe y conviértete en tiburón», vamo a ser los reye de la calle. El gachó de la feria me lo ha disho: el éxito no se come, ¡el éxito e vibrá alto! 

—¡Vibrá te voy a hasé yo lo diente de un bofetón! —estalló ella, llevándose las manos a la cabeza

— ¿qué voy a hasé yo ahora

La juli sosteniendo los ingredientes que le trajo el manue para el guiso y el manue buscando las respuestas en sus libros de autoayuda. El extraño caso del guiso empoderado parte 3

La Juli se llevaba las manos a la cabeza y daba vueltas sobre sí misma como si fuera a salir despedida como un cohete. No podía dejar de mirar los artilugios que había traído su marido sin comprender cómo alguien podía tener la cabeza tan hueca. No sabía si estaba más enfadada si por la mala cabeza del merluzo de su marido o por no haber ido ella ¿En qué momento se me ocurrió mandarle con la lista de la compra a este tonto de capirote?

– ¡Tú si que ere un percebe arma de cántaro! Que tengo a la del clú esperando la reseta especial.  ¿Y nuestra Loli? , ¿qué la doy de comé a la niña  ante de meterse en su traje de elfo? ¡que la criatura lo que nesesita e sustansia y no vibrasione!

—Mira, mujer, este cuarso de la abundancia. y estas velas, venían con el pack de alineació cósmica, te digo yo Julita que con esto, se nos han acabo los problemas.. —insistió él, sacando la piedra brillante y las velas con timidez—. Disen que atrae looo billeteee como un imán…

—¡Lo único que ha atraído é a un tonto y mis 200 euros! Mira que lo desía mi madre, nena, este Manué é mu cortito de entendedera — La Juli estaba roja como los tomates—. ¿Qué voy a inventar yo ahora pá dejá a la Reme y a la demá del clú con la boca abierta? ¿Un guiso de piedras revuelto con velas? ¡Te voy a dá yo libro en tooo lo arto, pedazo de imbécil!

El Manué, viendo que la tormenta no amainaba, sacó su último as de la manga: el tarro de cristal.
—Pero mira… compré esta manteca colorá de la buena, con naranja amarga. Mucho mejó que la pava y lo de caventrí y de madagascá. Con esto «Julita», tú le dá  el «toque» maestro.

Julia, respiró hondo, miró el tarro, los cuatro tomates tristes, el libro que tenía mucho de percebe y nada de tiburón y de pronto, un brillo de pura desesperación y genio andaluz le iluminó la cara. Entonces, como por arte de magia y no por el libro, sino por la mala  leche, el «empoderamiento» le entró por las venas.

—¡Ea!, se van a enterá  —dijo Julia ajustándose el delantal y agarrando la manteca y los demás ingredientes—. ¿Quieren una reseta especial para celebrar la victoria de mi elfa? Pues se van a shupá lo deo con mi «Guiso Empoderao». Voy a sofreí este tomate en la manteca, le voy a eshá un shorreó de este vino,  el pimiento bien picaito con la panseta y musha guindilla mashacá con el ajo. En la olla de la abuela le pongo un poquito de agua con este pan duro, otro ajo escushimizao y una rama de la hierbaluisa de mi tiesto. Que hierva too un poquillo y le añado el sofrito…

Se quedó pensativa mirando la sartén donde la manteca colorá empezaba a chisporrotear.
—Esto está muy huérfano de avíos, Manué —dijo frunciendo el ceño—. Aquí falta un «engañabobo » que le dé cuerpo al invento.

Se fue derecha a la despensa y rebuscó al fondo, detrás de un bote de garbanzos de hace tres años. Sacó un trozo de panceta rancia, más dura que el cuarzo de la abundancia que traía su marido y con un color que delataba que había visto pasar varias Navidades.

—¡Ahí estamos! —exclamó ella con un brillo de malicia en los ojos—. Ezto lo pico yo muy shiquitito, que se deshaga con la caló, y le va a dá un sabor «añehjo» que le vá a quitá el sentío….

Mientras el marido encendía las velas con olor a «éxito» (que en realidad olían a pino de gasolinera), Julia echó la panceta rancia al fuego junto al sofrito anterior. El aroma que empezó a salir de la cocina era una mezcla indescifrable entre lo místico y lo puramente desesperado. Ni con el pan duro empapado en el agua que añadió al guiso, pudo camuflar aquel aroma. Aún así, Julia parecía lo más de satisfecha:

—¡Toma ya! Y si me preguntan, diré que é una redusión mística de hortalisa al aroma de asahá que he sacao de un capítulo secreto del libro ese.

—¿Tú creé que colará el mejunje, Juli? —preguntó el Manué, aliviado de no dormir en el sofá.

—En este pueblo, en cuanto le pone un nombre fino a una fritáa y dise que é «tendensia», la gente se shupa los deo por no pareser cateta. ¡Anda, ponle la vela esa a Santa Cleta, a ver si me ilumina en este transe!

Manue invocando la abundancia con sus velas y la juli haciendo un guiso al despropósito. El extraño caso del guiso empoderado parte 3

Y así, entre el humo de una manteca clandestina y la verborrea de un libro de autoayuda, nació el plato más extraño de la historia del Club de Mujeres Empoderadas. Una victoria que no sabía a pava de corral de ningún sitio, pero que picaba a rabiar para que nadie se atreviera a preguntar qué carajo estaban comiendo.

La Juli  puso el plato en el centro de la mesa y miró a su Manué, que seguía ojeando el libro con cara de percebe. Ella no veía el tiburón por ningún sitio. La cara del Manué era la de no enterarse de ná.

—Escúsha bien, valiente —dijo ella sacando de la bolsa un pan de pueblo, una telera de esas de kilo con la corteza que cruje como un trueno y la miga densa.

—   Guarda ya el «persebe y el tiburón» y las «sinergias», que aquí lo único que se va a empoderá hoy es el estómago. Pilla un trozo de pan y arrambla con lo que haya, que pa matá el sabó de la panseta ransia y el picante de la manteca hase falta musha miga y poca tontería, ¡Ea!

Después de tragar aquel mejunje rojo y brillante bien empapao en el pan de pueblo, Julia, satisfecha sentenció:

—¡Ea! Ya tenemos  “el plato de autor pa mañana. Y cuando la del clú me pregunten, le digo que la reseta se llama «Guiso empoderado en un Lesho de Oro Rojo». Y é una copia esactita de la de ese “Adriá” de la estrella Mishelín. Y el que diga que sabe a ransio, es que no está lo sufisiente empoderao pa entendé la cosina vanguardizta.

Manué, sentado a la mesa con el libro abierto y, el estómago bien llenito de manjares desde la mañana, asintió convencido. En la hoja se leía: “la realidad se crea con el pensamiento” y ellos acababan de convertir una despensa vacía en un manjar de alta alcurnia, así que la inversión había servido “pa algo”.

La mujer le miraba con cara de decir: “cuando tú has ido, yo ya he vuelto diez veces”.

Ni el mejor «vendehumos» de la feria, ni el club más moderno de mujeres empoderadas, podían competir con la picaresca de su hogar.

Y es que, cuando el hambre aprieta y la despensa falla, no hace falta «vibrar alto» ni leer manuales de autoayuda: solo hace falta una mujer con mando en plaza, un marido que aguante el chaparrón y un buen pan de pueblo para empujar la realidad, por muy rancia que sea.

-Y fin de la historia – o puede que no…

 

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