LA BÚSQUEDA INFINITA

I

Con sol, frío, lluvia o nieve todos los viernes del año camina despacio, vagando entre los viandantes.

Se mezcla entre la gente, se empapa de sus olores, observa la algarabía del mercado ambulante y sus gentes. Es tal la empatía con sus semejantes que sucumbe a sus estados de ánimos, unos eufóricos, otros neuróticos, muchos condenados a la monotonía y algunos asqueados de la vida. Algunas veces roba alguna caricia furtiva que le conduce a la mayor de las ternuras o  un abrazo que le inspira un mundo de sueños inalcanzables.

Pero la emoción es fugaz, como una gota de agua en el océano o una brizna de arena en el desierto.

Allí, desapercibido, se encuentra más acompañado que en cualquier otro lugar. Aprecia los olores a especias que tanto le recuerdan a su hogar, se deleita observando los tenderetes llenos de color y melodías, el calor del ganado y multitud de vidas  pululando por doquier en busca de cosas inservibles. Cachivaches, cuyo único fin es el capricho de poseer algo banal y tan insustancial, como su caminar invisible por aquellas angostas calles.

Hasta que se planta en el puesto de las flores, el broche que todo lo cierra. El final del camino lo marca un arco iris de colores reflejados en el fondo de unos ojos color violeta que le sonríen. La niña de pensamientos claros y de mirada limpia es la única presencia que le intuye. El corazón que le permite albergar esperanza.

carrito con flores vintage

Después de su gesto, apura desesperadamente hasta el último rayo del atardecer, aguardando. Confía escuchar un, “¡Hola!, ¿cómo estás? Tengo la flor que tú necesitas”, como un paseante cualquiera.

Mientras espera un milagro, las calles se vacían y el eco de las pisadas de la florista se pierde entre el susurro del viento.

Entonces escucha la voz del silencio, el murmullo del mar, el graznido de las gaviotas y vuelve a su acantilado. Recuerda  su alegre mirada que parece hablarle. Y espera la llegada del próximo viernes para cruzarse, nuevamente con esos ojos atornasolados de azules y malvas.

Durante los días siguientes recorre los senderos, encuentra algún ermitaño o trashumante anhelando que el fenómeno se repita.

II

El alquimista más respetado. Su reputación traspasó el gran océano púrpura. Desde lugares impronunciables llegaron chamanes y sultanes para aprender su ciencia esotérica y conocer su gran descubrimiento. Le gustaba experimentar su propia ciencia. Porque no era más que eso, cálculos numéricos, rituales de los espíritus o el estudio de las estrellas.

Pero algo ocurrió y la materia se transmutó. Y un día era un ave planeando por el cielo azul y otro un delfín bailando entre las olas.  Podía mezclarse  en la naturaleza y pasar desapercibido. Sentir el poder  que le confería sus nuevas formas. Ser esas manos que  acarician o experimentar cómo piensan otras almas.

– Sólo una vez más– se decía

Pero los días sucedieron a los meses y éstos a los años y el alquimista se perdió bajo la nebulosa de tantas transformaciones. Multitud de vidas que nunca le pertenecieron.

firmamento

Hasta que se quedó atrapado en  La Nada. En el espacio vacío que todo lo llena.

 Ahora sus huesos sienten el frío del silencio y no son capaces de encontrar al hombre que un día fue. Necesita fervientemente ser oído y escuchado y por eso, su frenética búsqueda en el bullicio del mercado. Quizá encuentre la complicidad entre la gente, alguien que vea al hombre.

Un viernes de mercado, se topó con la luz de unos ojos violetas que le sonrieron. A él, al hombre perdido bajo la opacidad que, durante un instante retornaba a su humanidad. Después de un milenio sin esperanza, una pequeña luz iluminaba las tinieblas.

Y es, en  ese instante cuando una niña le sonríe con ternura, como si le ayudara a sostener el peso de las centurias vividas. Esos ojos son su última posibilidad. El espejo donde  se refleja su naturaleza perdida.

El alquimista se pregunta si el sonido de su voz  sonará tan lleno de vida como la imagen de su dulce sonrisa.

Tras millones de días prisionero de su propio conocimiento, recupera la ilusión de alcanzar un nuevo día. Espera la llegada de otro viernes con ansiedad renovada.

Alentado por encontrar aquellos ojos color violeta que le hablan. Una única mirada que comprende la emoción de no existir.

ojos azules
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A este relato le inspira una receta muy especial, llena de colores y con un sabor espectacular. ALCACHOFAS CON LANGOSTINOS EN SALSA VERDE

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Una respuesta a “LA BÚSQUEDA INFINITA”

  1. Qué linda historia.

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