MADRID, PEDAZO DE LA ESPAÑA EN QUE NACÍ…

Un Paseo para Recordar…

Recuerdo aquellas verbenas,  agarrada a la mano de mamá, vestida de “chulapa” de pies a cabeza. Me sentía mayor con mi vestido de lunares, mi moño revuelto bajo el pañuelo de seda, el alegre replicar de  mis tacones, el lunar bien delineado en mi cara y  el carmín rosa sobre unos sonrientes labios de niña.

Como si fuera ayer, veo a mi padre y mi tío con su clavel en la solapa y su gorra al más puro estilo castizo,  hablando su jerga madrileña tan singular y bailando un chotis “con la parienta”. Es un quince de mayo, en la pradera de San Isidro y  escucho el organillo, saboreo las rosquillas del santo con mi abuela Paca y siento el sol primaveral tostando mi cara.

Madrid Castizo

Los años pasaron, todos crecimos y la ciudad con nosotros. En el camino, quizá perdimos el sabor de aquel Madrid tan castizo pero acentuamos las tradiciones más madrileñas.

Permanecen lúcidos,  los olores del barrio donde nací;  Tetúan, “ahí es ná” y aquellos sábados de vermút, acompañados de sus famosas banderillas de aceitunas y pepinillos.

madrid vermut

 Las pequeñas alegrías, sencillas y sinceras convertían los fines de semana en momentos de familia por excelencia.

¡Qué bonitas eran las reuniones espontáneas en el barrio!

Llegaban cada uno a su paso, juntos y nunca revueltos: la tía Toñi y el tío Andrés, mi tío “Chule” y María, Gilito, Merceditas y Paquito, la “señá Rosario” …  hasta que, mayores y pequeños, familia y vecindario, formábamos una comunidad entrañable. 

La casa se llenaba del ritmo de Radio Nacional con Las rumbas de Peret y el carro de Manolo Escobar y, en la tele recién coloreada, veíamos una y otra vez los “chascarrillos” de Lina Morgan, para imitarla en los eventos familiares.

No he vuelto a comer unos “bocatas de calamares” como los que nos servían en “El Bar de Gertru”, rebosantes de rabas bien rebozadas, asomando por los lados del pan bombón, recién salido del horno o el especialísimo olor a gallinejas  de mamá  y esa caña de cerveza recién tirada, con la temperatura y la espuma justa y  el suelo plagado de huesos de aceituna y cabezas de gambas cocidas.

Y es que, en casa siempre hemos sido de cañas, desde la abuela a los nietos, las charlas en familia se han organizado en torno a una buena cerveza con un aperitivo a la altura. En “Madrí“ o Tombuctú, nunca hemos abandonado las costumbres más castizas.

cañas madrid

Y así crecí, en uno de los barrios más castizos de este pedacito de España. Panderetas y zambombas en navidad,  la Revoltosa en las corralas todos los veranos y al menos dos sábados al mes, sobre todo en primavera, el Seat Seiscientos de papa, nos llevaba a la Pedriza, para pasar el día. Éramos la Familia Cebolleta del dibujante  Manuel Vázquez. Imaginaos a dos familias completas en un seiscientos y estaréis viendo a mis padres, hermano, tíos, abuela y primos, sincronizados al milímetro, porque sin ellos, el equipo estaba incompleto. La abuela decía que era el bolso de viaje de Mary Poppins, disfrazado de seiscientos.

seat seiscientos

Como los recolectores prehistóricos, los hombres buscaban la leña para hacer fuego y preparaban la sangría mientras que las mujeres desplegaban todos los alimentos y  enseres para preparar la típica paella a la leña “que quitaba el sentío”. Con el aroma inconfundible de fondo,  los pequeños, nos bañábamos en el río Manzanares. Nos deslizábamos por las piedras, que el paso del tiempo y el agua había erosionado como toboganes, hasta zambullirnos en la charca verde, sin preocuparnos de nada. Ni  la temperatura  gélida de las primaverales aguas nevadas, descendientes de la montaña, nos paraban.

La Pedriza, río manzanares, charca verde.

Siempre encontrábamos el lugar perfecto al lado del río con su árbol,  para disfrutar de la siesta a la sombra de sus ramas y la radio del seiscientos encendida con el hit del momento.  

Llega una cosa, se pierde otra…

La vida cambió, llegó el progreso, la tecnología cruzó las puertas de nuestros hogares. Sustituimos la paella en el campo, por el fin de semana en el chalet a las afueras y el aperitivo en el bar de Tetúan, por un moderno gastrobar en Puerta de Hierro.

Nos adecuamos a estas nuevas rutinas. La bonanza económica nos dejó una escasez de encuentros de los de entonces.

Habíamos perdido aquella espontaneidad de reunirnos en el barrio como una gran familia. Ahora no estaba bien visto tirar los “guitos” de la aceituna al suelo ni chupar una cabeza de gamba. Quizá y para evitar tentaciones, aquí no había olivas y mucho menos crustáceos con patas. Quedaba más “chic” beberse una cerveza mal tirada en copas elegantes y tomarse, en un platito de cerámica, una insípida mini tapa de yema de huevo, con dos hojas de menta en lo alto.

A pesar de todo, Madrid siguió siendo Mi Madrid. La pasión por el Calderón y su sufridora manera de amar a unos colores, pasó de padre a nieta y la familia inventó la frase de “abuelo, por qué somos del atleti?.

Mi ciudad nunca perdió su esencia. Y por eso, este pedacito de cielo en el centro de España, está grabado en mi piel y en mis recuerdos. Con los años, siempre me acompañó allá donde fui.

A 40 kilómetros o más de 500, la distancia fortalece las raíces, las transforma en el verdadero tesoro que aquí os relato.

Madrid Grav vía panorámica

En Mijas, se piensa mucho en ti..

 En esta orilla del Mediterráneo, feliz y nostálgica, recupero aquellos tiempos  en los que mis hijos eran exclusivamente míos. Sus aromas infantiles y sus sonrisas despiertas e inocentes, hoy se solapan con el olor de la ciudad empapándome de añoranza. No hay un día en que, uno u otro recuerdo del ayer, no me emocione.

Interminables horas de paseos por Madrid, ellos conmigo, yo con ellos. Las tardes cinéfilas que se hicieron imprescindibles para el resto de nuestras vidas, las comidas y cenas con papa, las excursiones y los disfraces, los cuentos y las canciones.  

 Crecimos y aprendimos, a la vez que descubríamos algo nuevo en la ciudad más camaleónica del mundo.

La visita a los abuelos junto al museo Reina Sofía era una excusa perfecta para pasear el barrio de Embajadores y acercarse a los jardines interiores de la estación de Atocha que estaba a tiro de piedra.

estación de atocha madrid

Si el tiempo lo permitía, nos acercábamos a la antigua fábrica de tabaco para ver a los artistas callejeros pintando la Tabacalera o si, éramos capaces de madrugar un domingo, descubríamos cosas tan inservibles como indispensables en el Rastro.

Así, y depende cómo amaneciera la ciudad, hoy era la más castiza, tarareando zarzuela  y  mañana la más flamenca, con su cante, guitarra y palmas en cualquier tablao o peña.

En el camino,  descubría pequeños cafés, en peligro de extinción, con el aroma de antaño a libros y arte o el jazz de un saxo en una desconocida sala en la Glorieta de Bilbao.

Por el paseo de Rosales caminábamos tranquilos hasta  la plaza de Oriente, fotografiando la luz nítida de la tarde en el templo de Debod o el teleférico que cruzaba sobre nuestras cabezas. Y ahí, era cuando lo niños me recordaban que empezaba la primavera y tocaban las tardes interminables en el  parque de atracciones o en el zoo de la Casa de Campo.

Al acceder por la carretera de la Coruña y los montes del Pardo, su Arco del Triunfo me daba la   bienvenida, como el orgulloso Cicerone mostrando un asombroso Parque del Oeste engalanado de flores y árboles, que hacía muy agradable el camino entre el Paseo Moret y la calle Rosales.  

Me gustaba mucho descender tranquila por la calle Princesa hasta la  Plaza de España. Allí, alrededor de su fuente, dedicada a Cervantes, solía haber mercadillos artesanales y me encantaba echar un ojo antes de recorrer La Gran Vía, al más puro estilo  americano,  alumbrada de  grandes carteles que anunciaban los musicales del momento y no saber cuál queríamos  ver primero .

Una vez en el ecuador de la avenida, me desviaba en la Plaza de Callao para bajar hasta la plaza de las Descalzas donde se respiraba una paz angelical, como su monasterio.

Y disfrutando de las calles peatonales de arenal llegaba a Ópera y allí, frente al teatro Real siempre he sentido una emoción especial.

Quizá por aquellas largas horas de cola en el teatro para ver nuestro primer ballet juntas, madre e hija. La primera emoción del más asombroso Lago de los Cisnes.

O por esas noches de ópera, esta vez, matrimonio y amigos, disfrutando de Wagner, Verdi, Puccini o  Rossini, con Tosca o las Valkirias y manos entrelazadas.

Desde allí a la Puerta del Sol, hay un suspiro. Así que, respiraba para seguir camino, sonriendo al simpático emblema del oso y el madroño, imaginando a esos golosos plantígrados poniéndose ciegos de estos frutos.

Teatro Real, Madrid

De la plaza Mayor y sus churros  a la suerte en Dña Manolita por si tocaba hacer realidad los sueños.

La algarabía del tapeo más típico en  el arco de Cuchilleros,  la Cava Baja,  Lavapiés y la Plaza de Santa Ana contagiando felicidad con sus gentes y sus tascas.

Paseando por el Retiro, pulmón de la ciudad, te olvidabas que en el exterior de esas puertas de hierro, vivían más de tres millones y medio de almas.

Madrid Lago Retiro y palomas

Pasear por la catedral de la Almudena o  las iglesias con misterio, encontrar los jardines escondidos y santiguarte en San Francisco el grande, antes de llegar a la Puerta de Toledo. 

Me encantaba pasear por la castellana, a la altura de un par de  plazas futboleras.  La Cibeles merengue y  la atlética y sufridora plaza de Neptuno.

Los cuatro caminos que se encontraban en la glorieta que lleva este nombre, recorrían la artería más castiza de Madrid. Aquel mercado de Maravillas, en la calle de Bravo Murillo, que tantas veces visité con mi madre o el restaurante de La Alacena, en Santa Engracia, donde recuperaba ese sabor del barrio de mi niñez.

 Cuántas veces atravesé la Ciudad Universitaria y su olor a colegios mayores,  hasta  Reina Victoria para cruzar la glorieta y entrar en Raimundo Fernández Villaverde. Y en un pis pas,  los nuevos Ministerios y me reencontraba con mis amigos en el ”Jose Luís” del Paseo de la Habana. Aquellos sí que eran tapas y pinchos de calidad.

¡Que me quiten lo “bailao”!

Cada una de sus calles es una inspiración para los que sentimos a Madrid muy dentro del alma. Deambulando bajo sus luces, hemos nacido,  amado y criado a nuestros hijos.

luna llena y gato

Madrid la nuit, envuelve de magia a la noche. Por algo se nos conoce como “gatos”.  Somos felinos con dos piernas,  que nos activamos bajo las estrellas. Yo soy gata y he parido tres hijos de estas entrañas castizas,  muy gatunos por cierto.

Como mi ciudad, somos día y somos noche.  Los madrugadores se solapan con  los mininos nocturnos. Las emociones se visten de canciones  que suenan en algún lugar especial para alguien.

Plaza Mayor y carusel

 Vidas flamencas o roqueras, pero siempre castizas. Todas ellas conforman el alma de esta ciudad construida con el constante devenir de gentes  que recorren las venas de sus calles y avenidas.

 Los barrios están llenos de corazón,  el de las Letras, Malasaña, Chueca, el Paseo del Arte,  la Latina con sus  mercados de Chamberí y San Miguel.

Las zarzuelas en las vistillas, los chotis en las verbenas.

madrid zarzuela
dibujos chulapos de Madrid

Respiro hondo y me empapo de la corte de mi Madrid, altanera y artista. Canela fina es mi Madrid con museos como el Prado lleno de historia a pinceladas o lugares como la Biblioteca Nacional labrada a letras. 

Una plaza de Colón con una imponente bandera rojigualda y la llama eterna, sin colores,  para no olvidar a nuestros muertos.

madrid torres kio

La vida me ha alejado de tus orillas y me ha  traído a este lado del Mediterráneo. Y a pesar de encontrar un paraíso en la tierra, no olvido de dónde vengo y lo que allí he dejado.

Nunca unas letras se me grabaron tanto en el corazón “Madrid, mi Madrid, pedazo de la España en que nací”.

De Madrid al cielo. Aunque me pierda por el camino, no te olvido.

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Esta entrada es una excusa perfecta para compartir una receta muy madrileña: EL COCIDO DE MIS MADRILES

cocido

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